El siervo de Dios

Archive for the ‘Vida de fe’ Category

Nacido para el Cielo (6 de agosto de 1965)

In Biografía, Fallecimiento, Familia, Vida de fe on 08/06/2017 at 10:30

Señor, ¡qué bien se está aquí!“… Mientras celebraba la Iglesia la Fiesta de la Transfiguración del Señor, moría en Valencia José Mª Haro tras una penosa enfermedad. Era el 6 de agosto de 1965. Cristo, que a punto de abrazar la Cruz, quiso adelantar a sus discípulos la visión de su Gloria en el Tabor, también a él quiso mostrársela previo paso por el Gólgota de su agonía. Desde la visión resplandeciente del Cristo glorioso del Tabor, la cruz descuella en el Gólgota como signo de Victoria sobre el mal, sobre el pecado, sobre la muerte: el anuncio, entonces confirmado, de la última palabra de Dios sobre el destino humano. “No temáis: Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

Su lecho fue el altar donde el buen José María consumó el ofrecimiento de su vida a Dios en holocausto. Y quiso Él recibirla entonces, joven todavía. Con mucho todavía por hacer. Con el cuerpo gastado por su entrega, exprimido como un fruto maduro. Aquel cuerpo desgarbado suyo, enjuto, alto como una torre, parecía haberse consumido en ansias por deshabitarlo él, dándoselo a Otro como cosa suya: “Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado, que apacienta su rebaño entre los lirios…” (Cantares 2, 16) Lee el resto de esta entrada »

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En la escuela de S. Marcelino

In Biografía, Cheste, Devoción Mariana, Espíritu de trabajo, Familia, Infancia, Valencia on 04/30/2017 at 19:43

Pocos días antes de la Navidad de 1916, el 22 de diciembre —viernes— llegaban los Haro a Valencia desde Cheste. Aquella era la segunda vez que se instalaban temporalmente en la capital. La primera había sido entre 1904 y 1908, casi nada más nacer José María, aprovechando la ocasión que se le abría a Francisco, el cabeza de familia, de mejorar su situación económica regentando un sencillo despacho de vinos en la Plaza de Mosén Sorell. Pero no había solo una motivación económica para el traslado; serviría también para poner un poco de tierra de por medio después de que la alegría por el nacimiento del pequeño José María se viera enturbiada a los dos meses por la muerte prematura, con apenas dos años de edad, del primogénito del matrimonio, Paco. Más tarde nacería Enrique, ya en Valencia; pero por entonces la familia se reducía a tres, como en un nuevo comienzo.

En aquella primera ocasión, la familia residió en un pequeño piso de la calle Guillén de Castro, frente a la esquina con Maldonado, entre las Torres de Quart y el antiguo Hospital General, hoy desaparecido. No sabemos si fue esa también su casa en esta segunda época, entre 1917 y 1919. Pero sería muy probablemente por la misma zona, a unos quince minutos a pie de la antigua Plaza Mirasol, donde se hallaba su nuevo Colegio, y muy cerca también de la calle de la Corona y Mosen Sorell, donde estaba el negocio familiar, que retomaba Francisco de manos de su cuñado, a quien lo había cedido a su regreso a Cheste en 1908.

Torres de Quart 1915

Desde luego no eran aquellas las mejores fechas para que José María reiniciara sus estudios. La Navidad estaba a la vuelta de la esquina. Había pasado además tanto tiempo desde el inicio del curso —todo un trimestre—, que el chico tendría que acreditar sus conocimientos mediante la realización de un examen previo, aunque esto, como era de esperar, no le iba a suponer problema alguno. Así que allá fue el nuevo alumno, el lunes 15 de enero, a aquella vieja sede de los HH. Maristas, «con una blusa limpia y unas alpargatas», atuendo habitual entre los escolares de Cheste que el nuevo Colegio sin embargo no aceptó: tendría que volver a casa, comprarse una chaqueta, botas nuevas y regresar… Así podría estrenar también, con un poco de mejor suerte, aquella nueva etapa.

No fue largo el tiempo de estudiante de José María Haro en el Colegio del Sagrado Corazón. Solo año y medio más tarde le vemos incorporarse en Burjassot al joven Colegio Mayor del entonces beato Juan de Ribera para dar inicio a sus estudios de Magisterio y, después, Derecho. Entre uno y otro, pues, muy poco tiempo: ni dos cursos completos. Sin embargo, constituye éste un capítulo de enorme importancia en su biografía, que habría de dejar profunda huella en su personalidad y actividades futuras. Por tres motivos, fundamentalmente. Primero, porque fue por formar parte de este Colegio y merecer el apoyo entusiasta de sus responsables y maestros que pudo iniciar sus estudios superiores como becario de aquel Colegio Mayor, en el que residiría nada menos que diez años y al que permanecería vinculado de por vida. Segundo, por la tupida red de relaciones que en tan poco tiempo tejió con profesores y compañeros, que en muchos casos se prolongaron hasta su muerte. Y en tercer lugar, por el profundo apego al carisma espiritual e ideal pedagógico que dejó en su alma aquella convivencia, aunque no fuese muy dilatada, con la comunidad de San Marcelino Champagnat (1789-1840).

Su implicación en la marcha del Colegio fue después completa y constante. Presidente de su Asociación de Antiguos Alumnos desde los cuarenta hasta 1957, fundó también, presidió y redactó los estatutos de su Asociación de Padres, que lideró nada más cesar en aquella con auténtico entusiasmo[1]. Inmensa fue además Escudo Congregación Maristasu alegría por la beatificación en Roma del P. Champagnat, el 29 de mayo de 1955, en la que participó con la misma emoción –y no era poca– con que volvería a Roma poco después como uno de los grandes protagonistas en la canonización de quien, junto a S. Marcelino en su dimensión mariana[2], sería su otro gran maestro espiritual, en este caso eucarístico: el santo patriarca Juan de Ribera (12 de junio de 1960). Eran los dos pulmones con que respiraba Haro, uno marista y el otro patriarcal: mariano el primero, tierno y celoso de obras, y eucarístico el segundo, de recia oración y disciplina[3]. Lee el resto de esta entrada »

Un muchacho cualquiera

In Biografía, Cheste, Devoción Mariana, Familia, Uncategorized on 03/25/2017 at 18:02

Cheste. Vista aérea

La vida en Cheste de José María Haro discurría con la normalidad de la vida de cualquier otro muchacho de familia agraria, hecha a la privación, al esfuerzo y al trabajo, pero en la que no faltaban el cariño, la alegría y la fiesta, las carreras infantiles, los baños en la charca de “El Potrón”, los partidos de fútbol en el primer equipo del pueblo…

Así le vemos, jovencito, en 1916. Su casa tenía un patio grande, como es habitual en estas tierras. En él juntaba el chico a otros muchos del pueblo a quienes organizaba fiestas, procesiones, funciones de teatro y hasta “corridas de toro” con una cabeza con cuernos que él mismo había fabricado… Y todo ello a buen precio: dos céntimos la entrada. Beneficio no pequeño en manos de un chiquillo, al que él bien supo encontrar destino.

Ese mismo año, el 17 de agosto, un terrible incendio devastó el templo parroquial de San Lucas, seguramente a causa de un par de velas no apagadas al término de los oficios de aquella tarde en la capilla de la Virgen. Serían las doce menos cuarto de la noche cuando unos viandantes, que disfrutaban del aire fresco y limpio de la noche estival, dieron la voz de alarma al distinguir el resplandor del fuego en el interior del templo y el fugaz ir y venir de las llamaradas que asomaban por sus ventanas, acompañadas por un ruido estruendoso que era señal inequívoca de la voracidad del incendio. Inmediatamente se dirigieron a la iglesia todas las autoridades locales, antes de la llegada de bomberos desde Chiva y Valencia: el cura párroco, D. José González Huguet, mártir en la persecución religiosa de 1936[1]; sus coadjutores; el juez municipal y secretario; el alcalde accidental, Francisco Tarín; el secretario del Ayuntamiento, concejales, miembros de la guardia civil, médico, farmacéutico, albañiles, vecinos… Aquel fue, como dijo la prensa de aquellos días, «un espectáculo imponente», que se prolongó hasta pasadas las tres de la madrugada:

«Al abrirse la puerta principal del templo –se lee en el Diario de Valencia del día 19–, un grito de horror se escapó de todos los presentes. Densísima nube de humo avanzaba hacia la plaza, impidiendo el acceso al interior; los continuos desprendimientos que con grande estrépito ocurrían por doquier, de las bóvedas y cúpula, detenían las brigadas de extinción»[2].

El santo párroco hizo lo imposible por salvar parte del patrimonio de la iglesia y sobre todo al Santísimo de las llamas. Atónitos debió dejar a sus vecinos cuando le vieron cruzar el fuego para rescatar al Señor en el Sagrario con riesgo para su vida. De todos modos, mucho fue lo que se perdió: en el lado izquierdo del crucero, donde se inició el incendio, el retablo de San Antonio de Padua, de madera tallada, que databa del año 1767. También la imagen próxima de la Asunción de Nuestra Señora, su trono, colgaduras, la ornamentación de su altar, sus vestidos y alhajas, una vistosa lámpara de araña que descendía elegante ante el altar mayor… Tres hermosos frescos que adornaban los muros y la bóveda del presbiterio se vieron dañados por el fuego y tiznados por el hollín. La misma suerte corrió el órgano, algunas puertas, las ventanas, las telas de los altares y otros ornamentos…: todo pasto de las llamas, perdido en buena parte para siempre.

Así que hubo necesidad, pasada la tragedia, de comenzar la restauración del templo, que no finalizaría hasta años más tarde, en 1922, gracias a los donativos que el buen párroco iba consiguiendo con un tesón admirable, y las ayudas que le fueron llegando públicas y diocesanas. Pues bien, precisamente allá iban a parar también aquellos céntimos recaudados por el buen José María en el patio de su casa: a la restauración parroquial.

Mientras tanto, en las largas horas de ausencia del padre por su constante ir y venir a Valencia, también él debía asumir ciertas tareas en el mantenimiento de la casa y del pequeño negocio de jabones que les habían confiado sus tíos a su regreso a Cheste tras su primera época en la capital (1904-1908). Enrique, su hermano, era aún muy chico, de modo que debía quedarse bajo el cuidado de José María mientras su madre salía para el cobro de recibos pendientes y otras gestiones domésticas. Así que apenas salía José María de la escuela se encerraba en casa y reemplazaba a su madre, o iba a repartir los pedidos de jabón por las casas vecinas, con el pequeño de una mano y un cestillo en la otra[3]. Luego, por la noche, tras la cena, podía entretenerse un rato jugando en la calle, hasta las nueve, hora de volver.

Plan distinto había cuando se programaban sermones en la iglesia a última hora de la tarde. Entonces, iba él con algunos chiquillos, rompiendo la monotonía del curso ordinario. En una de esas, en pleno novenario de ánimas, el sueño pudo más que el buen propósito de cumplir con la costumbre, de modo que tanto él como su hermano, ocultos en el coro, acabaron durmiéndose. Los oficios terminaron. Se apagaron las luces. La puerta se cerró tras el sacristán, que sin mucho revisar todo lo creía en orden. Se hizo la paz propia de la noche. Todo era silencio. Lee el resto de esta entrada »

“¡Bendita hora aquélla…!”

In Acción Católica, Devoción Mariana, Escritos, Valencia, Vida de fe, Videos on 05/06/2016 at 13:20

Era el 8 de mayo de 1948, con ocasión del XXV aniversario de la Coronación canónica de Ntra. Señora la Virgen, Madre de Dios de los Desamparados. Una multitud venida de los cuatro puntos cardinales de Valencia dio testimonio unánime de su certeza en la Asunción de Nuestra Señora en cuerpo y alma a los Cielos, dos años antes de la promulgación dogmática de este misterio por la Constitución Munificentissimus Deus  de Pío XII (1.XI.1950). La venerada imagen de la Patrona recorrió las 21 feligresías de la ciudad durante varios días (25 de abril – 5 de mayo). Al término de esos días procesionales, rodeada por otras numerosísimas imágenes de distintas localidades, arropadas por una marea de hombres, banderas y bandas musicales, fue trasladada de la Catedral a un altar preparado en la que hoy es la Plaza del Ayuntamiento. Fue un acto impresionante, de emoción sin igual.

José María Haro fue muy activo en la preparación de aquella jornada. Lo subrayaba R. Moróder en un sentido homenaje.

“Le recuerdo en muchas facetas de nuestro apostolado, en su preocupación pedagógica, que supo contagiarnos a tantos y tantos. Pero le recuerdo con su ímpetu, optimismo que le caracterizó, en las vísperas de la declaración dogmática de la Asunción de la Señora. El que fue un alma de las fiestas de las Bodas de Plata de la Patrona. Aquellos días cuando el Voto Asuncionista, cuando aquella aportación valenciana que impresionó a Roma. Obra de él, genial ocurrencia al servicio de María, su Madre. Las hojas de nuestros pergaminos, centenares, miles; obras de arte, genial manifestación de Valencia y de la Fe. Todo idea suya. ¡Cómo le habrá recibido la Reina del Cielo cuando llegó al regazo del Hijo!”

Y no sólo Moróder. Manuel Cortés, que tanto trabajó -y con tanto tesón-, en poner en marcha el proceso de beatificación de su querido amigo, lo recordaba también en carta a Alfredo López de enero de 1966:

“Con ocasión de las Bodas de Plata de Coronación de Ntra. Señora de los Desamparados, en 1948, tuvo Haro la feliz idea de que Valencia formulara solemnemente su Voto Asuncionista. A ello se dedicó con su fervor característico y con el dominio que tenía de personas e instituciones. Y se consiguió en un acto impar, en la plaza del Caudillo, el día 8 de mayo, a presencia de muchos prelados, del Exmo. Sr. Ministro de Justicia y la representación más completa y genuina de toda la diócesis en todos sus estamentos religiosos, civiles, militares y pueblo, que se haya visto. Este Voto pidiendo al Papa proclamara dogma la Asunción de María, fue transmitido a Roma en 80 pergaminos artísticamente realizados. Fue esta una obra personalísima Suya”

Ni un solo rastro de ese protagonismo dejó José María Haro en sus recuerdos de aquel magno acontecimiento. Como si hubiera sido un asistente más, pasados unos años recuperó sus recuerdos para la revista Mater Desertorum. Todavía saboreaba el día aquél mientras lo relataba, como oyendo al tumulto, como si aún sus sentidos siguieran en presencia de aquellas horas entusiastas:

“Estaba allí todo el pueblo de Valencia, en una ingente multitud de 200, de 300.000 almas, levantando un mojón inalterable, símbolo de una gesta mariana que unía al señorío de los insignes homenajes contados en la Historia en raras ocasiones, la vibración clamorosa y decidida de aquellas almas, sumergidas en el torrente de su locura mariana, quemándose en el deseo de proclamar la gloria de su Reina y Señora”.

Las imágenes locales iban cubriendo la plaza. Las custodiaban las banderas de las agrupaciones marianas y de las sedes todas de Acción Católica. De pronto, el carrillón del Ayuntamiento advierte la hora: son las cinco de la tarde, “y un silencio del cielo se palpa entre la multitud inmensa arracimada en balcones, terrazas y árboles“. ¡Bendita hora aquella!…

“¡Bendita hora aquella en que pudimos ver, oír y cantar…! […] ¡Bendita tarde! ¡Bendito el Señor que nos permitió verla y nos dio aliento para vivirla y contarla!”

El sentido de la fe cuajado en el fervor popular dio pronto su fruto y, como ya se confesaba, aquel misterio fue poco después solemnemente declarado por la autoridad de Pedro como algo seguro, universal e indudable para toda la Iglesia.

Bautismo en Cheste (30 de abril de 1904)

In Apóstol, Biografía, Cheste, Infancia, Vida de fe on 04/30/2015 at 12:05

Haec est enim voluntas Dei: sanctificatio vestra” (1 Th 4, 3)… Incorporados a la vida íntima divina por el Bautismo, todos los cristianos están universalmente llamados a la santidad. Ni otra es su llamada, ni otro es razonable que sea su deseo. Hijos en el Hijo -nos recuerda el último Concilio-, “todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre” (Const. Dogm. Lumen Gentium, 11).

La santidad no constituye, pues, el patrimonio exclusivo de una parte del pueblo cristiano; esa parte, quizá, de quienes, siguiendo una especial llamada del Señor, deciden apartarse de las cosas del mundo para contentarse solo en Él, testigos del “Único necesario” ante los otros hombres. No es la condición con la que premia Dios a unos cuantos hombres escogidos, héroes desde la cuna, excepcionales. Ni tampoco el modo como recompensa a quienes, consagrados al Cuerpo Místico de Cristo, lo sirven ministerialmente, haciendo visible cómo todavía hoy Dios sigue cumpliendo su deseo de gozarse con los hijos de los hombres. Laicos u ordenados, religiosos o no, mujeres y hombres, ancianos, jóvenes o niños… todos recibieron por el bautismo la misma invitación, y también por él la misma consagración de hijos: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).

Tal día como hoy escuchó José Mª Haro igual ofrecimiento de Cristo al entrar a formar parte de su Cuerpo en la Historia que es la Iglesia. Era el 30 de abril de 1904, seis días después de haber nacido. En su parroquia natal de San Lucas Evangelista, en Cheste. Fueron sus padrinos Rafael Ibáñez Salvador y Tomasa Tarín Tarín, familiares indirectos, por vía de padre y madre, del neófito. Desde entonces, como en la vida de cualquier cristiano, todo fue ocasión de guardar fidelidad a esa llamada, a esa consagración y a ese deseo. Sin abandonar el mundo, pero sin abandonarse a él. Sin renunciar a lo ordinario, sino sabiendo descubrir ahí el brillo extraordinario -santo- que Dios imprime a la prosa diaria de sus hijos.

En la vida oculta de los afanes cotidianos; en el pulcro tesón en la Magistratura, años después, el Instituto Nacional de Previsión, el Magisterio…; en la incansable labor al servicio del apostolado católico (a veces espectacular, y otras -las más- sin lustre, sin reconocimiento alguno, alegremente hecha ante los ojos solos de Dios); en la vida de familia como hijo, esposo, padre, hermano…; y parroquial y ciudadano y amigo y subordinado… En ese trajín y entre todos esos afanes, sabiendo que también ahí Cristo se nos presenta y ofrece; ahí, precisamente, le era preciso reconocer a Dios. Siguiendo así el ejemplo de la vida oculta de Jesús, larga, prosaica, silenciosa:

“Vía de santidad en lo ordinario. Semper Voluntas Dei…”

Así lo recordaba en Loyola, durante unos Ejercicios Espirituales. Y consideraba después:

“Propagandista: en el mundo pues. Estima de la vocación. En ella está mi camino… de santidad… Puedo y debo aspirar a ella. En ella, mi acción apostólica. Como cristiano, casado, propagandista… puedo y debo ser santo.

¡Señor, dame gracia para que no sea sordo a Tu llamamiento, sino presto y diligente para hacer tu voluntad!”

En este día en que agradecemos a Dios haberle concedido a su Siervo la gracia de la fe por el Bautismo, también le agradecemos haberle sostenido; y que tanto como Él sembró en José María Haro, lo dejara luego crecer y dar su fruto.

24 de abril de 1904

In Biografía, Cheste, Devoción Mariana, Familia, Infancia, Vida de fe on 04/24/2013 at 11:00

Fue tal día como hoy, el 24 de abril, en una pobre casita de la Calle de Santa Lucía, nº 7, en Cheste, una pequeña localidad valenciana de apenas 6.000 almas a comienzos del pasado siglo. A las cinco y media de la tarde, Francisco y Dolores vivieron la alegría de un nuevo nacimiento en casa, tras el mayor, Francisco, que apenas había recibido un hermanito debía ya pasarle el testigo de su primera posición, muriendo algunas semanas después, sin haber cumplido todavía los dos años. Lee el resto de esta entrada »

Homenaje en Cheste (23.10.1966)

In Calles y Edificios, Cheste, Espíritu de trabajo, Fallecimiento, Homenajes, Magistrado, Testimonios on 04/07/2013 at 18:12

Había transcurrido un año largo desde el fallecimiento de D. José María. Cheste, su localidad natal, quiso sumarse al recuerdo unánime de su persona desde el agradecimiento por tanto como había supuesto para la mejora social su labor al frente de los organismos civiles y eclesiásticos de los que participó. El acto en su memoria se celebró el día 23 de octubre de 1966, en el marco de las fiestas patronales de San Lucas (18 de octubre). Lee el resto de esta entrada »

Nos escribe Mons. Agustín Cortés

In ACdP, Proceso, Testimonios, Vida de fe on 03/26/2013 at 17:43

Cuando el Sr. Arzobispo de Valencia, Mons. Marcelino Olaechea, quiso que se comenzara a dar los primeros pasos en la Causa de beatificación de D. José María Haro, muy poco después de su fallecimiento, hizo recaer esa tarea sobre los hombros de uno de sus más fieles y continuos colaboradores: D. Manuel Cortés Roig. No podía encomendárselo a un candidato mejor. Había sido él, como Vicepresidente de los Hombres de Acción Católica en Valencia, estrecho colaborador de D. José María, antes y después de sus años en la Presidencia de la misma (1942-1954). Compañeros ambos en muchas de las iniciativas en el campo de la educación católica y de la acción social promovidas o amparadas por el propio D. Marcelino, colaboraron también juntos -¡y con qué celo!- en las campañas de recaudación de fondos para la edificación del Seminario Metropolitano de Moncada, cuyo crecimiento iban a ver personalmente a menudo, ilusionados como si aquel enorme edificio fuera enteramente cosa propia. Se admiraron mutuamente. Se quisieron mucho como amigos e hicieron ambos de su amistad un sostén mutuo en su respectivo ánimo de servir a la Iglesia y secundar, con ese mismo servicio, su propia llamada a la santidad. Lee el resto de esta entrada »

“¿A quién iremos? ¡Ah! Pues a José María…”

In Apóstol, Espíritu de trabajo, Magistrado, Testimonios on 02/16/2013 at 18:15

El teléfono frecuentemente no dejaba de sonar. Y menos aún la puerta… A todas horas: daba igual. Y aunque a las 7:30 de la mañana tenía la costumbre José María de asistir a Misa, allá iban, a su casa, desde las siete incluso, gentes de lo más diversa queriendo recibir su ayuda, su consejo, su intercesión para resolver cualquier problema… No hallándole muchas veces, le tocaba a María Luisa, su esposa, abrir la puerta y atenderles. “Es que José María no está… Se encuentra en Misa…“. No importaba: “Si pudiéramos esperarle un rato“. “Es un asunto importante“. “Es un problema delicado“… Y así aguardaban su regreso, no sin antes relatar primero a la buena de Mª Luisa “el caso”. Total, que José María ni desayunar luego podía, al entrar en casa. Él no lo decía, claro. Pero Mª Luisa Lee el resto de esta entrada »

“Todo un hombre”

In Testimonios, Vida de fe on 05/17/2012 at 13:11

La revista de la Asociación Católica de Maestros de Valencia, Valencia Escolar, en su número de septiembre-octubre de 1965 (nº 152-153), dedicó casi la mitad de sus páginas a glosar la figura de D. José Mª Haro, que pocas semanas antes acababa de fallecer. Uno de esos homenajes es el de Ricardo Marín Ibáñez (1922-1999), Catedrático de Teoría e Historia de la Educación en la Universidad de Valencia y en la UNED, amigo muy cercano durante muchos años de José Mª Haro y oriundo, como él, también  de Cheste. Éste fue su homenaje entonces: Lee el resto de esta entrada »

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