El siervo de Dios

Archive for the ‘Biografía’ Category

Una sentencia favorable

In Favores, Magisterio, Magistrado, Testimonios on 06/09/2018 at 21:32

Desde Cantabria (España) nos llega la noticia de este nuevo favor de José María Haro:

“Soy profesora de la asignatura de Religión Católica en un Instituto de Secundaria de Cantabria; durante este curso la Consejería de Educación gobernada por el Partido Socialista Obrero Español, me ha reducido la jornada laboral de manera injusta, por lo que me he visto obligada a interponer la correspondiente demanda laboral ante los tribunales. Como quiera que desde el primer momento he estado pidiendo la intercesión del siervo de Dios José Mª Haro Salvador, y he conseguido una sentencia favorable en primera instancia, y ahora que he conseguido ganar el asunto ante la Sala de lo Social del Tribunal superior de Justicia de Cantabria, quiero reiterar desde aquí mi gratitud por la gracia concedida. Sé que la Consejería todavía puede interponer recurso de Casación para la unificación de doctrina, aunque no es demasiado probable, por lo que continuaré pidiendo su intercesión”.

L. A. S. (Cantabria)

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En la Escuela de Periodismo de Valencia

In ACdP, Escritos, Prensa, Valencia on 01/11/2018 at 18:42

Discurso de apertura del Curso 1961/1962*


 

[Una faceta hoy desconocida de la vida de José María Haro, es su relación con el periodismo, mundo al que se acercó a raíz de su militancia en los grupos estudiantiles de la Juventud Católica, de cuyo órgano de expresión en Valencia, Libertas, fue de hecho director. Colaborador asiduo en el Diario de Valencia y, más tarde, durante su corta estancia madrileña, en El Debate, sintió siempre un profundo interés por la prensa, cuyo servicio a la causa de la fe y al bien social no le pasó desapercibido. Muchos le recordarían luego, en sus años de Juez, rodilla en tierra, afanado en seleccionar, recortar y archivar cuidadosamente aquellas sábanas de papel de los periódicos de antaño, reflejo de su interés, nunca perdido, por la actualidad política, cultural y religiosa de la España en que le tocó vivir. Una tarea en la que, más tarde, también involucró a sus hijos. La puesta en marcha en 1959 de la Escuela de Periodismo de la Iglesia en Valencia, le abrió a Haro la posibilidad de implicarse aún más en la dignificación institucional de esta tarea, incorporándose a ella como Profesor de la materia de Sociología. Esta es la primera vez que se da a conocer este texto, cuyo original manuscrito se conserva en los fondos del Archivo Diocesano de Valencia, y que forma parte de una antología de escritos sociales de José Mª Haro de próxima aparición, con estudio introductorio nuestro y notas críticas.— Juan C. Valderrama]

 

1. «El programa, usando de aquello que llamó Mella “Dialéctica de los motes”[1], escribe para calificar mi intervención de esta tarde: “Discurso de apertura”… Pero ¡no temáis! Hay apertura, solemne y magnífica por vuestra presencia, Excmo. y Rvdmo. Sr.; por la vuestra Ilmos. y Rvdos. Sres. Y por la vuestra, queridos Maestros del periodismo y por la de nuestros alumnos antiguos y nuevos; pero no habrá discurso al modo clásico, sino una intervención “sin mote”, breve, sencilla, ojalá que útil.

Unas palabras, para que se cumpla el programa; para que el Director[2], este ángel tirano que nos rige, vea cumplido su deseo; para que este Acto tenga “la forma ritual” de una apertura de Curso.

¿Y por qué yo? Por razones corrientes en Sociología. Nuestro Director echó mano de Possumus[3], leyó en primera columna de la primera página algo que él mismo había redactado, y que en la tercera línea se dice: “Redacción: José Mª Haro”. Y ¡ya está!, se dijo. Volvía a cumplir una sencilla norma sociológica: ¡Que pase Haro! Él sabía que no me iba a negar, y lo sabía porque también él sabe obedecer.

Por otra parte, aunque movido de su afecto, el acto fue sociológicamente correcto. Porque aparte de la maestría y veteranía periodística de nuestro querido compañero en el Profesorado y amigo, D. José María Ibarra, me correspondía por norma social de antigüedad en el periodismo oficial, esta primera intervención del Profesorado de la Escuela.

 

2. Efectivamente, fui hace 34 años fundador de una modesta Escuela de Periodismo –ahora sí que vale la dialéctica del mote mellista–, nada menos que la primera, según nuestras noticias, en Valencia. Muy modesta, es verdad, pero real. ¿Me permitís que justifique esta afirmación y que quede así en la historia de esta Escuela su antecedente? Lo haré con brevedad.

Corría el invierno de 1926, y en la Asamblea de Estudiantes Católicos celebrada en Granada[4], Alberto Martín Artajo nos informó de la marcha que seguía la Escuela de Periodismo de El Debate, en la vieja casona de la Colegiata, 7 (Madrid)[5].

Presidía yo entonces la F.R.E.C. (Federación Regional Estudiantes Católicos), habían sido admitidos mis primeros artículos en Las Provincias y en el Diario de Valencia y queriendo hacer algo nuevo, planeé, con nuestro Consiliario –otro gran periodista nato, magnífico escritor con otras muchas virtudes entrañablemente recordadas, Don Antonio Justo[6]–, una réplica valenciana de aquellos Cursos.

Me envío don Antonio a su gran amigo y periodista, vocal de nuestro Consejo Federal Escolar y Director del Diario de Valencia, D. Luis Lucia, a quien ya conocía por su afecto a nuestra Federación y por mi asistencia con D. Antonio Justo y otros admirables amigos a un “Círculo de Estudios Sociales” que se celebraba en su propio despacho desde 1923[7]. Le expuse nuestra pretensión, pidiéndole su orientación y su ayuda. “Yo mismo la haré” nos dijo. Y así fue: en enero de 1927, comenzaba el primer cursillo con 12 alumnos en la ya no existente casa-hogar de nuestra Federación, calle del Mar nº 45. Lee el resto de esta entrada »

Nacido para el Cielo (6 de agosto de 1965)

In Biografía, Fallecimiento, Familia, Vida de fe on 08/06/2017 at 10:30

Señor, ¡qué bien se está aquí!“… Mientras celebraba la Iglesia la Fiesta de la Transfiguración del Señor, moría en Valencia José Mª Haro tras una penosa enfermedad. Era el 6 de agosto de 1965. Cristo, que a punto de abrazar la Cruz, quiso adelantar a sus discípulos la visión de su Gloria en el Tabor, también a él quiso mostrársela previo paso por el Gólgota de su agonía. Desde la visión resplandeciente del Cristo glorioso del Tabor, la cruz descuella en el Gólgota como signo de Victoria sobre el mal, sobre el pecado, sobre la muerte: el anuncio, entonces confirmado, de la última palabra de Dios sobre el destino humano. “No temáis: Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

Su lecho fue el altar donde el buen José María consumó el ofrecimiento de su vida a Dios en holocausto. Y quiso Él recibirla entonces, joven todavía. Con mucho todavía por hacer. Con el cuerpo gastado por su entrega, exprimido como un fruto maduro. Aquel cuerpo desgarbado suyo, enjuto, alto como una torre, parecía haberse consumido en ansias por deshabitarlo él, dándoselo a Otro como cosa suya: “Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado, que apacienta su rebaño entre los lirios…” (Cantares 2, 16) Lee el resto de esta entrada »

En la escuela de S. Marcelino

In Biografía, Cheste, Devoción Mariana, Espíritu de trabajo, Familia, Infancia, Valencia on 04/30/2017 at 19:43

Pocos días antes de la Navidad de 1916, el 22 de diciembre —viernes— llegaban los Haro a Valencia desde Cheste. Aquella era la segunda vez que se instalaban temporalmente en la capital. La primera había sido entre 1904 y 1908, casi nada más nacer José María, aprovechando la ocasión que se le abría a Francisco, el cabeza de familia, de mejorar su situación económica regentando un sencillo despacho de vinos en la Plaza de Mosén Sorell. Pero no había solo una motivación económica para el traslado; serviría también para poner un poco de tierra de por medio después de que la alegría por el nacimiento del pequeño José María se viera enturbiada a los dos meses por la muerte prematura, con apenas dos años de edad, del primogénito del matrimonio, Paco. Más tarde nacería Enrique, ya en Valencia; pero por entonces la familia se reducía a tres, como en un nuevo comienzo.

En aquella primera ocasión, la familia residió en un pequeño piso de la calle Guillén de Castro, frente a la esquina con Maldonado, entre las Torres de Quart y el antiguo Hospital General, hoy desaparecido. No sabemos si fue esa también su casa en esta segunda época, entre 1917 y 1919. Pero sería muy probablemente por la misma zona, a unos quince minutos a pie de la antigua Plaza Mirasol, donde se hallaba su nuevo Colegio, y muy cerca también de la calle de la Corona y Mosen Sorell, donde estaba el negocio familiar, que retomaba Francisco de manos de su cuñado, a quien lo había cedido a su regreso a Cheste en 1908.

Torres de Quart 1915

Desde luego no eran aquellas las mejores fechas para que José María reiniciara sus estudios. La Navidad estaba a la vuelta de la esquina. Había pasado además tanto tiempo desde el inicio del curso —todo un trimestre—, que el chico tendría que acreditar sus conocimientos mediante la realización de un examen previo, aunque esto, como era de esperar, no le iba a suponer problema alguno. Así que allá fue el nuevo alumno, el lunes 15 de enero, a aquella vieja sede de los HH. Maristas, «con una blusa limpia y unas alpargatas», atuendo habitual entre los escolares de Cheste que el nuevo Colegio sin embargo no aceptó: tendría que volver a casa, comprarse una chaqueta, botas nuevas y regresar… Así podría estrenar también, con un poco de mejor suerte, aquella nueva etapa.

No fue largo el tiempo de estudiante de José María Haro en el Colegio del Sagrado Corazón. Solo año y medio más tarde le vemos incorporarse en Burjassot al joven Colegio Mayor del entonces beato Juan de Ribera para dar inicio a sus estudios de Magisterio y, después, Derecho. Entre uno y otro, pues, muy poco tiempo: ni dos cursos completos. Sin embargo, constituye éste un capítulo de enorme importancia en su biografía, que habría de dejar profunda huella en su personalidad y actividades futuras. Por tres motivos, fundamentalmente. Primero, porque fue por formar parte de este Colegio y merecer el apoyo entusiasta de sus responsables y maestros que pudo iniciar sus estudios superiores como becario de aquel Colegio Mayor, en el que residiría nada menos que diez años y al que permanecería vinculado de por vida. Segundo, por la tupida red de relaciones que en tan poco tiempo tejió con profesores y compañeros, que en muchos casos se prolongaron hasta su muerte. Y en tercer lugar, por el profundo apego al carisma espiritual e ideal pedagógico que dejó en su alma aquella convivencia, aunque no fuese muy dilatada, con la comunidad de San Marcelino Champagnat (1789-1840).

Su implicación en la marcha del Colegio fue después completa y constante. Presidente de su Asociación de Antiguos Alumnos desde los cuarenta hasta 1957, fundó también, presidió y redactó los estatutos de su Asociación de Padres, que lideró nada más cesar en aquella con auténtico entusiasmo[1]. Inmensa fue además Escudo Congregación Maristasu alegría por la beatificación en Roma del P. Champagnat, el 29 de mayo de 1955, en la que participó con la misma emoción –y no era poca– con que volvería a Roma poco después como uno de los grandes protagonistas en la canonización de quien, junto a S. Marcelino en su dimensión mariana[2], sería su otro gran maestro espiritual, en este caso eucarístico: el santo patriarca Juan de Ribera (12 de junio de 1960). Eran los dos pulmones con que respiraba Haro, uno marista y el otro patriarcal: mariano el primero, tierno y celoso de obras, y eucarístico el segundo, de recia oración y disciplina[3]. Lee el resto de esta entrada »

Cheste, 1904

In Biografía, Cheste, Infancia on 04/24/2017 at 10:00

Santa Lucia (Cheste)

«Fue la hermosa villa de Cheste la que tuvo la desgracia de verme nacer en la Calle de Santa Lucía nº 7, el 24 de abril de 1904 a las 6 de la mañana…». Así lo contaba el propio José María Haro en unos apuntes de juventud, aunque con una imprecisión en la hora –de lo más justificable–, ya que no fue a horas tan tempranas de la mañana cuando nació, sino algunas más tarde, a las 17:30 h. Seis días después recibió el bautismo de manos de su párroco, apadrinado por Rafael Ibáñez Salvador y Tomasa Tarín Tarín, familiares indirectos suyos.

Poco queda hoy de aquella calle de Santa Lucía de la que hacía memoria Haro en esas líneas de joven estudiante. Acaso solamente el nombre. En todo caso, es hermoso ver cómo pasa la historia de amor que Dios quiere escribir con nosotros por los lugares físicos que nos son queridos, por las calles, los rincones y las plazas en que se teje nuestra vida ordinaria, sin nada aparentemente extraordinario… ¡Nada! Y sin embargo… Algo queda extraordinario impregnado en todos esos lugares, convirtiéndolos –como esa pequeña callejuela chestana– en un eco del amor de Dios y un aldabonazo todavía hoy para nosotros. «Elegit nos in ipso ante mundi constitutionemescribió S. Pablo ut essemus sancti et immaculati in conspectu eius in caritate» (Ef 1, 4): Él nos eligió antes de la creación del mundo para que fuésemos santos e inmaculados ante Él por el amor.

Nunca olvidó José María su origen familiar humilde y el suelo en que se crió. Era, quizá, uno de los rasgos más sobresalientes de su personalidad: esa profunda chestanía suya, su fidelidad a ese entramado abigarrado de afectos que era para él su pueblo y sus gentes, sus paisajes, sus calles, sus recuerdos. Siempre vivió orgulloso de su cuna, del “lugarico viejo” –como lo llamaban– en que se erguía su casa; de las raíces modestas, aunque dignas, de sus padres, a quienes veneró toda su vida y a quienes gustaba evocar en largos paseos por las callejas de la villa las pocas veces en que sus responsabilidades se lo permitían [1]. Era profundamente chestano, «hasta en el aire…», como decía su amigo, pedagogo y filósofo, Ricardo Marín Ibáñez. Por eso, no faltaba la alusión a su cuna llegada la hora de alguna presentación pública, o en los distintos homenajes de los que se le hizo objeto en vida a causa de sus innumerables responsabilidades civiles, sociales y apostólicas, que desempeñó no solo con un éxito más que notable, sino dando muestras también de una capacidad de trabajo y de una entrega verdaderamente sorprendentes. Siempre que debía hablarse de él, lo primero que se decía: su nacimiento en Cheste. Esa chestanía, cuenta Marín,

«que manifestaba no ya en este haber rezumado en su alma este dinamismo especial de nuestros hombres que trabajan de sol a sol, sino incluso en los aspectos más afectivos y cordiales. […] cuando hablaba con él me avergonzaba porque él conocía algo de lo que define todavía el amor por un pueblo a quien se quiere de veras: las relaciones familiares (fulano, hijo, sobrino, primo de tal)… Con su impresionante memoria me dejaba siempre en ridículo, desconocía siempre cuantos datos me daba… Y él se entretenía en perderse en aquel laberinto de afectos que le estaban hablando siempre de su Cheste»[2].

Solo tras su muerte llegarán a saber algunos hasta qué punto se implicó en la mejora de las condiciones de vida de sus antiguos vecinos; cómo intercedió por sus necesidades sin que nadie absolutamente, salvo los más directamente involucrados, supieran de su intercesión, sus gestiones, su propia búsqueda de recursos, su intervención directa en algunos de sus problemas… En silencio, sin que la mano izquierda supiera de los afanes de la derecha[3]. Sabedor de la confianza que le dispensaban sus paisanos en razón de su cargo, y de cómo ponían en su influencia muchas de sus esperanzas, no pocas veces asumió un papel de auténtico valedor de los asuntos de la villa: desde la construcción a comienzos de los 40 –siendo Presidente de la Junta Provincial de Enseñanza Primaria y Consejero del Servicio Español del Magisterio– del Grupo Escolar, por el que medió en numerosas ocasiones[4], hasta la reforma del riego, ya próxima su muerte, para la mejora de las condiciones de cultivo en tierra de secano como sigue siendo aquélla.

Él mismo se lo confesaba a César Granda, compañero suyo en las filas de la ACdP, en 1961. Después de ponerle al día sobre las dificultades agrícolas de la localidad, pasaba a explicarle un proyecto para la mejora del riego que aunque ya era algo antiguo, todavía no se había incluido en ningún presupuesto público. Por eso, «acuden a mí» –le decía–, necesitados de alguien con buena posición que abogara por sus intereses ante las autoridades públicas y allanara el camino de una burocracia no pocas veces demasiado fría, desalentadora y lenta además, terriblemente lenta. Gentes modestas todas, pequeños propietarios dedicados en su gran mayoría a cultivos de secano –especialmente algarrobo, de escaso beneficio, vid y en cantidad algo menor, olivo– les era muy necesario el riego para sus parcelas de huerta dedicadas al cultivo de cítricos desde la introducción del riego por goteo. Lee el resto de esta entrada »

Un muchacho cualquiera

In Biografía, Cheste, Devoción Mariana, Familia, Uncategorized on 03/25/2017 at 18:02

Cheste. Vista aérea

La vida en Cheste de José María Haro discurría con la normalidad de la vida de cualquier otro muchacho de familia agraria, hecha a la privación, al esfuerzo y al trabajo, pero en la que no faltaban el cariño, la alegría y la fiesta, las carreras infantiles, los baños en la charca de “El Potrón”, los partidos de fútbol en el primer equipo del pueblo…

Así le vemos, jovencito, en 1916. Su casa tenía un patio grande, como es habitual en estas tierras. En él juntaba el chico a otros muchos del pueblo a quienes organizaba fiestas, procesiones, funciones de teatro y hasta “corridas de toro” con una cabeza con cuernos que él mismo había fabricado… Y todo ello a buen precio: dos céntimos la entrada. Beneficio no pequeño en manos de un chiquillo, al que él bien supo encontrar destino.

Ese mismo año, el 17 de agosto, un terrible incendio devastó el templo parroquial de San Lucas, seguramente a causa de un par de velas no apagadas al término de los oficios de aquella tarde en la capilla de la Virgen. Serían las doce menos cuarto de la noche cuando unos viandantes, que disfrutaban del aire fresco y limpio de la noche estival, dieron la voz de alarma al distinguir el resplandor del fuego en el interior del templo y el fugaz ir y venir de las llamaradas que asomaban por sus ventanas, acompañadas por un ruido estruendoso que era señal inequívoca de la voracidad del incendio. Inmediatamente se dirigieron a la iglesia todas las autoridades locales, antes de la llegada de bomberos desde Chiva y Valencia: el cura párroco, D. José González Huguet, mártir en la persecución religiosa de 1936[1]; sus coadjutores; el juez municipal y secretario; el alcalde accidental, Francisco Tarín; el secretario del Ayuntamiento, concejales, miembros de la guardia civil, médico, farmacéutico, albañiles, vecinos… Aquel fue, como dijo la prensa de aquellos días, «un espectáculo imponente», que se prolongó hasta pasadas las tres de la madrugada:

«Al abrirse la puerta principal del templo –se lee en el Diario de Valencia del día 19–, un grito de horror se escapó de todos los presentes. Densísima nube de humo avanzaba hacia la plaza, impidiendo el acceso al interior; los continuos desprendimientos que con grande estrépito ocurrían por doquier, de las bóvedas y cúpula, detenían las brigadas de extinción»[2].

El santo párroco hizo lo imposible por salvar parte del patrimonio de la iglesia y sobre todo al Santísimo de las llamas. Atónitos debió dejar a sus vecinos cuando le vieron cruzar el fuego para rescatar al Señor en el Sagrario con riesgo para su vida. De todos modos, mucho fue lo que se perdió: en el lado izquierdo del crucero, donde se inició el incendio, el retablo de San Antonio de Padua, de madera tallada, que databa del año 1767. También la imagen próxima de la Asunción de Nuestra Señora, su trono, colgaduras, la ornamentación de su altar, sus vestidos y alhajas, una vistosa lámpara de araña que descendía elegante ante el altar mayor… Tres hermosos frescos que adornaban los muros y la bóveda del presbiterio se vieron dañados por el fuego y tiznados por el hollín. La misma suerte corrió el órgano, algunas puertas, las ventanas, las telas de los altares y otros ornamentos…: todo pasto de las llamas, perdido en buena parte para siempre.

Así que hubo necesidad, pasada la tragedia, de comenzar la restauración del templo, que no finalizaría hasta años más tarde, en 1922, gracias a los donativos que el buen párroco iba consiguiendo con un tesón admirable, y las ayudas que le fueron llegando públicas y diocesanas. Pues bien, precisamente allá iban a parar también aquellos céntimos recaudados por el buen José María en el patio de su casa: a la restauración parroquial.

Mientras tanto, en las largas horas de ausencia del padre por su constante ir y venir a Valencia, también él debía asumir ciertas tareas en el mantenimiento de la casa y del pequeño negocio de jabones que les habían confiado sus tíos a su regreso a Cheste tras su primera época en la capital (1904-1908). Enrique, su hermano, era aún muy chico, de modo que debía quedarse bajo el cuidado de José María mientras su madre salía para el cobro de recibos pendientes y otras gestiones domésticas. Así que apenas salía José María de la escuela se encerraba en casa y reemplazaba a su madre, o iba a repartir los pedidos de jabón por las casas vecinas, con el pequeño de una mano y un cestillo en la otra[3]. Luego, por la noche, tras la cena, podía entretenerse un rato jugando en la calle, hasta las nueve, hora de volver.

Plan distinto había cuando se programaban sermones en la iglesia a última hora de la tarde. Entonces, iba él con algunos chiquillos, rompiendo la monotonía del curso ordinario. En una de esas, en pleno novenario de ánimas, el sueño pudo más que el buen propósito de cumplir con la costumbre, de modo que tanto él como su hermano, ocultos en el coro, acabaron durmiéndose. Los oficios terminaron. Se apagaron las luces. La puerta se cerró tras el sacristán, que sin mucho revisar todo lo creía en orden. Se hizo la paz propia de la noche. Todo era silencio. Lee el resto de esta entrada »

“¡Bendita hora aquélla…!”

In Acción Católica, Devoción Mariana, Escritos, Valencia, Vida de fe, Videos on 05/06/2016 at 13:20

Era el 8 de mayo de 1948, con ocasión del XXV aniversario de la Coronación canónica de Ntra. Señora la Virgen, Madre de Dios de los Desamparados. Una multitud venida de los cuatro puntos cardinales de Valencia dio testimonio unánime de su certeza en la Asunción de Nuestra Señora en cuerpo y alma a los Cielos, dos años antes de la promulgación dogmática de este misterio por la Constitución Munificentissimus Deus  de Pío XII (1.XI.1950). La venerada imagen de la Patrona recorrió las 21 feligresías de la ciudad durante varios días (25 de abril – 5 de mayo). Al término de esos días procesionales, rodeada por otras numerosísimas imágenes de distintas localidades, arropadas por una marea de hombres, banderas y bandas musicales, fue trasladada de la Catedral a un altar preparado en la que hoy es la Plaza del Ayuntamiento. Fue un acto impresionante, de emoción sin igual.

José María Haro fue muy activo en la preparación de aquella jornada. Lo subrayaba R. Moróder en un sentido homenaje.

“Le recuerdo en muchas facetas de nuestro apostolado, en su preocupación pedagógica, que supo contagiarnos a tantos y tantos. Pero le recuerdo con su ímpetu, optimismo que le caracterizó, en las vísperas de la declaración dogmática de la Asunción de la Señora. El que fue un alma de las fiestas de las Bodas de Plata de la Patrona. Aquellos días cuando el Voto Asuncionista, cuando aquella aportación valenciana que impresionó a Roma. Obra de él, genial ocurrencia al servicio de María, su Madre. Las hojas de nuestros pergaminos, centenares, miles; obras de arte, genial manifestación de Valencia y de la Fe. Todo idea suya. ¡Cómo le habrá recibido la Reina del Cielo cuando llegó al regazo del Hijo!”

Y no sólo Moróder. Manuel Cortés, que tanto trabajó -y con tanto tesón-, en poner en marcha el proceso de beatificación de su querido amigo, lo recordaba también en carta a Alfredo López de enero de 1966:

“Con ocasión de las Bodas de Plata de Coronación de Ntra. Señora de los Desamparados, en 1948, tuvo Haro la feliz idea de que Valencia formulara solemnemente su Voto Asuncionista. A ello se dedicó con su fervor característico y con el dominio que tenía de personas e instituciones. Y se consiguió en un acto impar, en la plaza del Caudillo, el día 8 de mayo, a presencia de muchos prelados, del Exmo. Sr. Ministro de Justicia y la representación más completa y genuina de toda la diócesis en todos sus estamentos religiosos, civiles, militares y pueblo, que se haya visto. Este Voto pidiendo al Papa proclamara dogma la Asunción de María, fue transmitido a Roma en 80 pergaminos artísticamente realizados. Fue esta una obra personalísima Suya”

Ni un solo rastro de ese protagonismo dejó José María Haro en sus recuerdos de aquel magno acontecimiento. Como si hubiera sido un asistente más, pasados unos años recuperó sus recuerdos para la revista Mater Desertorum. Todavía saboreaba el día aquél mientras lo relataba, como oyendo al tumulto, como si aún sus sentidos siguieran en presencia de aquellas horas entusiastas:

“Estaba allí todo el pueblo de Valencia, en una ingente multitud de 200, de 300.000 almas, levantando un mojón inalterable, símbolo de una gesta mariana que unía al señorío de los insignes homenajes contados en la Historia en raras ocasiones, la vibración clamorosa y decidida de aquellas almas, sumergidas en el torrente de su locura mariana, quemándose en el deseo de proclamar la gloria de su Reina y Señora”.

Las imágenes locales iban cubriendo la plaza. Las custodiaban las banderas de las agrupaciones marianas y de las sedes todas de Acción Católica. De pronto, el carrillón del Ayuntamiento advierte la hora: son las cinco de la tarde, “y un silencio del cielo se palpa entre la multitud inmensa arracimada en balcones, terrazas y árboles“. ¡Bendita hora aquella!…

“¡Bendita hora aquella en que pudimos ver, oír y cantar…! […] ¡Bendita tarde! ¡Bendito el Señor que nos permitió verla y nos dio aliento para vivirla y contarla!”

El sentido de la fe cuajado en el fervor popular dio pronto su fruto y, como ya se confesaba, aquel misterio fue poco después solemnemente declarado por la autoridad de Pedro como algo seguro, universal e indudable para toda la Iglesia.

Disponibilidad sin límites

In Fallecimiento, Proceso on 07/06/2015 at 10:19

Paraula (Año XXVIII, nº 1336)

21 de junio de 2015, p. 7


En unas semanas, el día 6 de agosto, se cumplirán cincuenta años del nacimiento al cielo de José María Haro Salvador, fiel laico, magistrado del trabajo y padre de familia numerosa cuya Causa de Canonización acaba de iniciarse formalmente, tras tantos años de espera, en la diócesis valentina. Con ello cobra definitivamente forma no solo el deseo de muchos que se encomiendan confiados a su intercesión desde antes incluso de que el proceso comenzara, sino el trabajo también, muchas veces costoso, que tantos han dedicado a hacer posible que su ejemplo siga brillando ante los hombres y les conduzca –nos conduzca– hacia Dios.

Porque esta causa, en efecto, viene de lejos. No empieza ahora. Todo comenzó cuando nuestro arzobispo Olaechea, haciéndose eco del deseo del párroco de San Martín, D. José Plá, hacía públicamente suyo su deseo de que se iniciaran los trámites para la instrucción de este proceso. Era el 30 de enero de 1966, apenas unos meses después del fallecimiento de José María, en el Teatro Principal de Valencia, que se hallaba rebosante. Leyó D. Marcelino la carta de aquel buen sacerdote y llegó al final. “¿Sería mucho pedir –le preguntaba–, cabría esperar que Vuestra Eminencia acariciara la idea o apuntara la sugerencia de que se recogiese en una biografía las muchas ejemplaridades de que ha dado testimonio a muchos otros presentes y futuros apóstoles seglares o incluso se incoara proceso de virtudes que un día pudiera cristalizar en beatificación o elevación a la gloria de los altares?”.

Y la profecía de don Marcelino

Probablemente reconociera D. Marcelino en esas palabras el que era su deseo; que la misma convicción suya en la santidad de su fidelísimo colaborador, era común a todos los que le hubieron conocido. Dejó aparte la carta y, consciente del significado que como Obispo tomarían entonces sus palabras, continuó diciendo: “¿Causa de beatificación? Pues sí; la Iglesia dirá con infalibilidad lo que nosotros creemos con persuasión: que era un santo”.

Desde ese preciso instante, los hombres de Acción Católica y de la Asociación Católica de Propagandistas, a las que dignificó con su vida ejemplar desde su constitución en Valencia, comenzaron a recabar toda la información necesaria para la instrucción de este proceso. Pronto se multiplicaron los testimonios sobre su vida santa; sobre la heroicidad de sus virtudes, la profundidad de su vida interior; sobre sus desvelos por quienes tuvo siempre por objeto predilecto de su acción profesional y apostólica: las gentes de condición más humilde, el mundo obrero, el magisterio infantil…

Luego, el paso del tiempo, el fallecimiento de algunos, el retiro y más tarde también muerte del buen D. Marcelino, detuvieron temporalmente este proceso, que quedó a la espera de su instrucción oficial. Ésta por fin se produce ahora, cincuenta años después, a instancias de la Asociación Católica de Propagandistas.

Una personalidad tan rica en matices y fecunda como la de José María Haro resulta imposible concentrar en apenas unos rasgos. En todo caso, si alguno pudiera servir de síntesis ese sería, y por encima de cualquier otro, su disponibilidad. Disponibilidad al Espíritu, en primera instancia, de Quien se mostró dócil instrumento y por Quien se dejó modelar, a fuerza de oración y sacrificio. Y disponibilidad a la Iglesia, a la que sirvió hasta el último aliento de su vida. Su clara conciencia de pertenencia a Cristo, de ser un simple instrumento en sus manos, hizo de él un alma profundamente eclesial, en un sentido totalmente laical. “Vía de santidad en lo ordinario –recordaba en unos Ejercicios en Loyola–. Propagandista en el mundo, pues. Estima de la vocación. En ella está mi camino de santidad. Puedo y debo aspirar a ella. Como cristiano, casado, propagandista… puedo y debo ser santo”. Desde ahí todo se convertía en él en respuesta generosa a lo que sabía invitación constante del Señor a servirle en los hermanos. Cuántas veces le encontraba la noche atendiendo a quienes buscaban en él ayuda, mediación y consejo. Y cuántas realizando las tareas de servicio más administrativas por razones apostólicas, por la necesidad de otros, o por deseo de servir, sencillamente.

Esa disponibilidad que manifestó en su entrega generosa a las necesidades ajenas hasta lo heroico, tuvo por fundamento una profunda vida interior, que revela –como siempre sucede– el secreto de los santos: la oración constante, el abandono de sí mismo y un amor apasionado, permanentemente joven, filial y confiado, al Señor y a su Madre.

Juan C. Valderrama

Vicepostulador

Bautismo en Cheste (30 de abril de 1904)

In Apóstol, Biografía, Cheste, Infancia, Vida de fe on 04/30/2015 at 12:05

Haec est enim voluntas Dei: sanctificatio vestra” (1 Th 4, 3)… Incorporados a la vida íntima divina por el Bautismo, todos los cristianos están universalmente llamados a la santidad. Ni otra es su llamada, ni otro es razonable que sea su deseo. Hijos en el Hijo -nos recuerda el último Concilio-, “todos los fieles cristianos, de cualquier condición y estado, fortalecidos con tantos y tan poderosos medios de salvación, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre” (Const. Dogm. Lumen Gentium, 11).

La santidad no constituye, pues, el patrimonio exclusivo de una parte del pueblo cristiano; esa parte, quizá, de quienes, siguiendo una especial llamada del Señor, deciden apartarse de las cosas del mundo para contentarse solo en Él, testigos del “Único necesario” ante los otros hombres. No es la condición con la que premia Dios a unos cuantos hombres escogidos, héroes desde la cuna, excepcionales. Ni tampoco el modo como recompensa a quienes, consagrados al Cuerpo Místico de Cristo, lo sirven ministerialmente, haciendo visible cómo todavía hoy Dios sigue cumpliendo su deseo de gozarse con los hijos de los hombres. Laicos u ordenados, religiosos o no, mujeres y hombres, ancianos, jóvenes o niños… todos recibieron por el bautismo la misma invitación, y también por él la misma consagración de hijos: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).

Tal día como hoy escuchó José Mª Haro igual ofrecimiento de Cristo al entrar a formar parte de su Cuerpo en la Historia que es la Iglesia. Era el 30 de abril de 1904, seis días después de haber nacido. En su parroquia natal de San Lucas Evangelista, en Cheste. Fueron sus padrinos Rafael Ibáñez Salvador y Tomasa Tarín Tarín, familiares indirectos, por vía de padre y madre, del neófito. Desde entonces, como en la vida de cualquier cristiano, todo fue ocasión de guardar fidelidad a esa llamada, a esa consagración y a ese deseo. Sin abandonar el mundo, pero sin abandonarse a él. Sin renunciar a lo ordinario, sino sabiendo descubrir ahí el brillo extraordinario -santo- que Dios imprime a la prosa diaria de sus hijos.

En la vida oculta de los afanes cotidianos; en el pulcro tesón en la Magistratura, años después, el Instituto Nacional de Previsión, el Magisterio…; en la incansable labor al servicio del apostolado católico (a veces espectacular, y otras -las más- sin lustre, sin reconocimiento alguno, alegremente hecha ante los ojos solos de Dios); en la vida de familia como hijo, esposo, padre, hermano…; y parroquial y ciudadano y amigo y subordinado… En ese trajín y entre todos esos afanes, sabiendo que también ahí Cristo se nos presenta y ofrece; ahí, precisamente, le era preciso reconocer a Dios. Siguiendo así el ejemplo de la vida oculta de Jesús, larga, prosaica, silenciosa:

“Vía de santidad en lo ordinario. Semper Voluntas Dei…”

Así lo recordaba en Loyola, durante unos Ejercicios Espirituales. Y consideraba después:

“Propagandista: en el mundo pues. Estima de la vocación. En ella está mi camino… de santidad… Puedo y debo aspirar a ella. En ella, mi acción apostólica. Como cristiano, casado, propagandista… puedo y debo ser santo.

¡Señor, dame gracia para que no sea sordo a Tu llamamiento, sino presto y diligente para hacer tu voluntad!”

En este día en que agradecemos a Dios haberle concedido a su Siervo la gracia de la fe por el Bautismo, también le agradecemos haberle sostenido; y que tanto como Él sembró en José María Haro, lo dejara luego crecer y dar su fruto.

“Colaboración de Familia y Maestro en el pensamiento de S. S. Pío XII” (1960)

In DSI, Escritos, Familia, Magisterio on 03/22/2015 at 10:00

Portada Colaboración Familia y Maestro 1960Una nueva incorporación a nuestra Sección de Escritos: una importante exposición del magisterio social de Pío XII sobre el problema educativo. Se trata de un concienzudo trabajo dedicado, como en tantas otras ocasiones, a la que muy probablemente fue la gran preocupación de José María Haro en este ámbito: la colaboración constante, sólidamente fundada en el reconocimiento de los deberes respectivos, de familia, Iglesia y Escuela en la educación de los hijos. Esta colaboración, destacaba el Pontífice, “ha de ser tal que entre el hogar católico y la Escuela, entre los padres católicos y los Maesotrs o Maestras, exista la región cálida de la comprensión, de la mutua confianza y de la colaboración“.

Nuevamente muestra José María Haro en estas páginas el amor profundo que profesó al magisterio y en qué medida fue la suya una voluntad constante por dignificar socialmente la labor de los maestros, estimular y sostener su vocación, auxiliarles materialmente.

“¡Qué poco esfuerzo pone en verdad la Sociedad y aun el Estado español en la formación de sus Maestros! ¡Cómo necesitamos de mejores Escuelas del Magisterio, mejor dotadas! ¡Cómo de Seminarios o Colegios especiales para esa formación! ¡Cómo se necesitan mayores y aun mejores vocaciones!” (p. 21)

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