El siervo de Dios

En la Escuela de Periodismo de Valencia

In ACdP, Escritos, Prensa, Valencia on 01/11/2018 at 18:42

Discurso de apertura del Curso 1961/1962*


 

[Una faceta hoy desconocida de la vida de José María Haro, es su relación con el periodismo, mundo al que se acercó a raíz de su militancia en los grupos estudiantiles de la Juventud Católica, de cuyo órgano de expresión en Valencia, Libertas, fue de hecho director. Colaborador asiduo en el Diario de Valencia y, más tarde, durante su corta estancia madrileña, en El Debate, sintió siempre un profundo interés por la prensa, cuyo servicio a la causa de la fe y al bien social no le pasó desapercibido. Muchos le recordarían luego, en sus años de Juez, rodilla en tierra, afanado en seleccionar, recortar y archivar cuidadosamente aquellas sábanas de papel de los periódicos de antaño, reflejo de su interés, nunca perdido, por la actualidad política, cultural y religiosa de la España en que le tocó vivir. Una tarea en la que, más tarde, también involucró a sus hijos. La puesta en marcha en 1959 de la Escuela de Periodismo de la Iglesia en Valencia, le abrió a Haro la posibilidad de implicarse aún más en la dignificación institucional de esta tarea, incorporándose a ella como Profesor de la materia de Sociología. Esta es la primera vez que se da a conocer este texto, cuyo original manuscrito se conserva en los fondos del Archivo Diocesano de Valencia, y que forma parte de una antología de escritos sociales de José Mª Haro de próxima aparición, con estudio introductorio nuestro y notas críticas.— Juan C. Valderrama]

 

1. «El programa, usando de aquello que llamó Mella “Dialéctica de los motes”[1], escribe para calificar mi intervención de esta tarde: “Discurso de apertura”… Pero ¡no temáis! Hay apertura, solemne y magnífica por vuestra presencia, Excmo. y Rvdmo. Sr.; por la vuestra Ilmos. y Rvdos. Sres. Y por la vuestra, queridos Maestros del periodismo y por la de nuestros alumnos antiguos y nuevos; pero no habrá discurso al modo clásico, sino una intervención “sin mote”, breve, sencilla, ojalá que útil.

Unas palabras, para que se cumpla el programa; para que el Director[2], este ángel tirano que nos rige, vea cumplido su deseo; para que este Acto tenga “la forma ritual” de una apertura de Curso.

¿Y por qué yo? Por razones corrientes en Sociología. Nuestro Director echó mano de Possumus[3], leyó en primera columna de la primera página algo que él mismo había redactado, y que en la tercera línea se dice: “Redacción: José Mª Haro”. Y ¡ya está!, se dijo. Volvía a cumplir una sencilla norma sociológica: ¡Que pase Haro! Él sabía que no me iba a negar, y lo sabía porque también él sabe obedecer.

Por otra parte, aunque movido de su afecto, el acto fue sociológicamente correcto. Porque aparte de la maestría y veteranía periodística de nuestro querido compañero en el Profesorado y amigo, D. José María Ibarra, me correspondía por norma social de antigüedad en el periodismo oficial, esta primera intervención del Profesorado de la Escuela.

 

2. Efectivamente, fui hace 34 años fundador de una modesta Escuela de Periodismo –ahora sí que vale la dialéctica del mote mellista–, nada menos que la primera, según nuestras noticias, en Valencia. Muy modesta, es verdad, pero real. ¿Me permitís que justifique esta afirmación y que quede así en la historia de esta Escuela su antecedente? Lo haré con brevedad.

Corría el invierno de 1926, y en la Asamblea de Estudiantes Católicos celebrada en Granada[4], Alberto Martín Artajo nos informó de la marcha que seguía la Escuela de Periodismo de El Debate, en la vieja casona de la Colegiata, 7 (Madrid)[5].

Presidía yo entonces la F.R.E.C. (Federación Regional Estudiantes Católicos), habían sido admitidos mis primeros artículos en Las Provincias y en el Diario de Valencia y queriendo hacer algo nuevo, planeé, con nuestro Consiliario –otro gran periodista nato, magnífico escritor con otras muchas virtudes entrañablemente recordadas, Don Antonio Justo[6]–, una réplica valenciana de aquellos Cursos.

Me envío don Antonio a su gran amigo y periodista, vocal de nuestro Consejo Federal Escolar y Director del Diario de Valencia, D. Luis Lucia, a quien ya conocía por su afecto a nuestra Federación y por mi asistencia con D. Antonio Justo y otros admirables amigos a un “Círculo de Estudios Sociales” que se celebraba en su propio despacho desde 1923[7]. Le expuse nuestra pretensión, pidiéndole su orientación y su ayuda. “Yo mismo la haré” nos dijo. Y así fue: en enero de 1927, comenzaba el primer cursillo con 12 alumnos en la ya no existente casa-hogar de nuestra Federación, calle del Mar nº 45.

LuisLucia1935

LUIS LUCIA (1888 – 1943)

Designó como su auxiliar –también sin dialéctica de motes, porque lo fue realmente–, a otro fraterno y admirado amigo de años antes, del mismo “Círculo social” y de la “Casa de los Obreros”[8], Director de Pueblo Obrero, y a quien Valencia recuerda también en muchos Círculos como poeta estupendo, que dio vida al “pensat i fet” fallero y firmaba cada día en el periódico sus “Décimes” –muchos guardo como un tesoro–, y se llamaba D. José María Esteve Victoria[9], regente de la imprenta del Diario y Presidente o Secretario, según el tiempo, de la Confederación de Obreros Católicos de Levante.

Uno y otro, llegaban los viernes a nuestra casa social con un fajo de telegramas de presa y sobre ellos tejían su charla, o nos enseñaban a conocer las dificultades y las virtudes del periodista y la fuerza social de los periódicos.

Estos cursillos no fueron inútiles; a mí me sirvieron para mejorar el órgano social escolar Libertas que yo dirigía, y que tras de mí dirigieron muy pronto amigos entrañables que llegaron a ser Directores Generales de Prensa, como Juan Beneyto [Pérez (1907-1994)] y otros maestros periodistas y publicistas valencianos.

Terminados al poco mis estudios marché a El Debate y me hice cargo de la Secretaría de la Juventud Católica Española, y de su Boletín mensual[10]; y ganada la oposición, volví otra vez durante unos meses en espera de destino, al Diario[11], como corresponsal de El Debate y como fondista ocasional del día, bajo la mano de otro admirable y no olvidado amigo, el Rvdo. D. José Viadell. Hace 18 años otra vez volví al periodismo. Ahora para dirigir la modesta entonces y admirable ahora, publicación –se encuentra en manos de un ángel– que es Possumus.

No temáis que ya no sigo por aquí. Quería solo avalar con mi pequeña historia, ya que no con valores intrínsecos, el hecho de mi presencia en el Claustro de esta Escuela y de mi intervención en esta apertura. Quedando así hecho lo que los pedagogos suelen decir “el enlace con el recuerdo”.

 

3. Pero… ¿y el discurso de apertura? Omitid el mote… y pensad que siguiendo el camino del admirable soneto, vamos ya con el segundo cuarteto.

Profeso en la Escuela la materia de “Sociología”. Y por esta razón, mi intervención debe tratar materia sociológica.

Os confieso, sin embargo, que a mí mismo me cuesta delimitar esa materia para los alumnos entre las numerosas y opuestas corrientes de esta nueva Ciencia: las formalistas alemanas, las pragmatistas americanas, las más o menos científicas francesas…

Para mí –perdonad mi falta de humildad–, una sola vez vale la pena que me refugie en la “Historia social”, ciencia auxiliar de la Sociología según dicen, y recuerdo un agudo pensamiento de nuestro agudísimo querido y compañero y maestro Corts Grau, distinguiendo la ilusión de la esperanza.

Espero, con confianza cristiana y sin ilusiones, que no entretenga en balde vuestro tiempo. Querré hacerlo con brevedad, con sencillez y con verdad. Trataré de poner en mis palabras un poco de amor, un poco de catolicidad y un poco de españolidad, quedando más arriba otro poco de valencianía fraterna.

Comencemos pues, ya acabado el segundo cuarteto, con mi intervención, que quisiera alcanzara categoría de reportaje.

 

4. Os explicaréis pronto por qué otra vez me viene a la memoria la “dialéctica de los motes”. Profeso –¿no es esto ya un mote en mi caso?– las lecciones de Sociología en esta Escuela, como os he dicho. Mi tema debe referirse a algo que tenga relación con la Sociología, comenzando por explicar qué entendemos en nuestra clase por tal.

Pero no temáis, que no lo haré. Diré solo por hoy que ya se distingue claramente por todos entre Sociología y la llamada “doctrina social de la Iglesia”, aunque no pocos tratados de ésta se titulan aún Sociología cristiana –v. gr. Llovera, Azpiazu, y tantos– o se titulan Moral socialSteven y otros–; aun cuando en muchas obras de autores católicos se estudian problemas y materias propias de la que ya hoy se entiende como Sociología propia, bien como ciencia general, bien como ciencia especial[12]. Y aunque todavía no está bien dibujada una escuela sociológica católica, pero sin que falten ya buen número de sociólogos católicos como los citados o como Sturzo, Furfey o entre nosotros Perpiñá Rodríguez[13]. Bien que en general todavía sin comprender la misma cosa, la que Perpiñá llama Teoría social pre-sociológica, y otros Política social, Historia social, Teoría general de la sociedad…

Pero no temáis que continúe por esta senda; no expondré una lección de temas de sociología, ni americana, ni alemana, ni francesa. Con la brevedad del tiempo correría riesgo de vulgaridad y prefiero la sencillez y la verdad.

Por otra parte, los mayores solemos recordar con frecuencia normas, hechos, personas, azares, que fueron. Y como ya mayor, me he sentido impelido a refugiarme en este camino, para hacer más sencilla mi propia labor.

Sinceridad y verdad pide el Evangelio; sinceridad y verdad han recordado Pío XII y Juan XXIII muchas veces a periodistas, deben ser los rieles de su andadura y por tanto de la nuestra.

1961 ha sido –está siendo– un año crucial (¿se sigue diciendo aun así…? Trascendental, nos enseñaban hace unos años), y lo ha sido y sigue siendo por numerosos “hechos y dichos”, que no os voy a recordar, pues los conocéis muy bien. Metidos aun en él no podemos juzgarlo, pero lo estamos viviendo. Y por eso podemos comenzar nuestra encuesta al modo “jocista”[14]: ver y ver lo social con sentido sociológico, y como parte de la teoría social…

Viendo nuestra realidad social española, podríamos destacar numerosos hechos que son trascendentes sociológicamente y algunos lo seguirán siendo, y no pocos por mucho tiempo. Desde los efectos sociológicos de la estabilización económica [1959] y los caminos de la industrialización, al plan nacional de igualdad de oportunidades, pasando por el Congreso de la familia y cuanto él supuso y trasciende[15]… Desde la inauguración de la Escuela de ciudadanía cristiana[16] a la puesta en marcha de la Mutualidad nacional agraria [2 de marzo de 1961] con sus cuatro millones de afiliados y sus quizá diez millones de beneficiarios… Muchos hechos de trascendencia social dignos de estudio para la Sociología se han producido en este año. Mas no me voy a detener en ninguno de ellos: os dije que me refugiaba en la Historia. Y entre los hechos de 1961 en España uno hay –“enlace con el recuerdo” como dicen los pedagogos– que es luz para muchas mentes y recuerdo grato para otros.

 

5. He aquí el punto de partida: el 6 de junio de 1861 nació don Juan Vázquez de Mella, y hace cuatro meses se ha cumplido el centenario de su nacimiento. La marcha de nuestro curso anterior no me permitió resaltarlo en clase. ¿Me permitiréis que lo haga hoy fuera de turno y brevemente?

J. Vázquez de Mella (1861-1928)En aquella fecha, cuando brillaba con luz vivísima profundamente tradicional un valenciano ilustre, don Antonio Aparisi y Guijarro[17], nació, hijo de un militar gallego –don Juan Antonio Vázquez de Mella– y una de esas admirables madres españolas, asturiana, y en Cangas lugar materno de Vázquez de Mella. No temáis que insista en su biografía, me falta valor y tiempo, aunque bien vale la pena recordarlo.

Solo os diré que estudiante –no muy brillante por cierto– de bachillerato en el Colegio de Valdedios, tuvo como profesor y amigo al que fue luego Arzobispo de Valencia, don Valeriano Menéndez Conde; y que fallecido su padre, no habiendo becas en aquellos tiempos, hubo de trasladarse con su familia a Galicia y allí, entre las rúas de la ciudad santa, recibiendo la lluvia constante de sus inviernos y empapándose en la belleza de sus admirables monumentos o tomando el sol en la “Herradura” en construcción, Mella estudió Leyes y aprendió Historia. Comenzó a escribir pronto, y antes que orador conocido fue periodista. Cuando el “Manifiesto de Burgos” publicó en La Restauración, revista dirigida por otro hombre de entrañable recuerdo para Valencia, don Francisco de Paula Quereda, yerno de Aparisi y Guijarro (aún viven nietos suyos entre nosotros). Y siguió escribiendo en el Pensamiento Galaico, y el nombre de Mella comenzó a hacerse oír con aldabonazos magníficos.

Bien pronto fueron famosos los artículos que en el Correo español aparecieron sobre una «M.» y hubo de trasladarse a Madrid, de donde ya no salió sino en algunos breves años de destierro. No os haré su historia política desde que en 1893 fue elegido Diputado por Estella, luego por Pamplona, y más tarde por Pamplona y Oviedo a la vez; pero desde entonces la palabra y los escritos de don Juan Vázquez de Mella señorearon grandes sectores de la patria española y admiraban a todos.

En estos meses, algunas voces –menos de las debidas sin embargo– han recordado a Vázquez de Mella, bien como extraordinario político, bien como orador incomparable entre tantos de nuestros siglos XIX y XX, bien como escritor magistral incluso en Sagrada Teología, o bien simplemente como hombre extraordinario y sencillo a la par.

Pero un auténtico jefe de la Tradición española y un gran político español, no puede serlo con autenticidad, ni entonces ni ahora, si al mismo tiempo no hubiera sentido en su carne los latigazos de lo que ya en su tiempo y él mismo llamaba “cuestión social”… que más tarde, por virtud de lo que él mismo llamó –según os he dicho– la dialéctica de los motes, se ha venido llamando de mil maneras, pero todos lo entendemos con estas palabras.

 

6. Vázquez de Mella no era típicamente un sociólogo al modo de los que hoy se apellidan así; ni siquiera podrá encontrarse entre los que entonces comenzaban a apellidarse así dentro y fuera de España. ¡Ah!, pero conocía como pocos los males y las posibilidades de la sociedad de su tiempo, las afloraba entre maravillas de pensamiento y de palabra; mostraba los riesgos, pero también los senderos de salvación para la sociedad contemporánea y del porvenir, y realizaba en sus discursos “encuestas” maravillosas.

No era un seguidor de “técnicas sociales” al modo de las que entonces estaban en boga. Pero si la observación de la realidad social es Sociología, Mella fue de hecho un estupendo observador, aunque no siempre, siempre, fuese enteramente objetivo, como suele ocurrir a quienes envuelve la política.

Sin embargo estudió, conoció y expuso la “realidad social” de su tiempo como pocos, y puso de relieve o formuló, sin pretensión directa de hacerlo así, sino por impulso de su extraordinaria “ciencia de la sociedad”, “leyes sociológicas” estupendas.

Sus escritos y sus discursos de materia social, siempre tienen un aire vigoroso de polémica política, pero sobre todo lo tienen de exposición admirable de Doctrina social católica, aun antes de conocer la propia Rerum novarum publicada en 1891, cuando Mella era bien conocido. Y en ocasiones se nos presenta como profeta –al modo de Donoso y de Aparisi– de nuevos caminos admirables, pero muy olvidados en su tiempo, y en mucha parte recogidos –¡por fortuna!– en nuestra España de hoy.

No temáis que me detenga en exponer, ni aun en esquema, la doctrina social de Mella[18]. Sería intentar encerrar el mar en un estanque. Solo os diré que pocos –acaso nadie– como él pusieron al descubierto los males producidos o que él veía a punto de nacer del liberalismo y del socialismo, parientes no lejanos, decía, «dos formas de desenlace del Renacimiento», nos dijeron otros a nosotros después[19].

Profeta fue, como lo fue Donoso o como lo fue nuestro Aparisi y Guijarro, de hechos que él mismo llegó aún a ver y que hoy estamos padeciendo en sus plenas consecuencias.

Pero dejadme recordar siquiera, remitiendo a nuestros alumnos a una lectura pausada, no ya su crítica certera y terrible de aquellos “dos parientes”, sino sus principios básicos de destrucción social, su teoría de las clases sociales, su cada vez por mí más admirable doctrina de las dos soberanías[20], la soberanía social y la soberanía política; y consecuencia de ello, su concepto de las dos autoridades, las que podríamos llamar “autoridades con vara” y “autoridades sociales”; su concepto de hombre frente al concepto laboral o al concepto socialista, el verdadero concepto cristiano, expuesto con claridades pocas veces igualadas.

Y aquella teoría del “trabajo integral”. Y aquel concepto personal –aunque claro y firme– del derecho de propiedad enlazado con la doctrina de la “remuneración cambiable”[21]. Y aquella su maravillosa como clara concepción de la estructura y misión de las “clases sociales” y, en consecuencia, de las instituciones de “armonía social”, incluso de Tribunales paritarios.

No temáis, que no voy a seguir. Sería incapaz de resumir a Mella, aun disponiendo de mucho tiempo; pero buscad, queridos jóvenes, entre otros lugares, su edición de obras completas y en ellas, sobre todo, aquellos discursos que emocionaban a sus incontables oyentes hasta hacerles olvidar del tiempo y del calor. Aquellos discursos del teatro de La Princesa, del teatro de La Zarzuela… Aquel discurso suyo de la Gran campaña social [= 1922], o el que pronunció en el inolvidable ciclo –yo era un mozalbete y lo recuerdo– que organizó en la Academia de Jurisprudencia la Asociación Católica Nacional de Jóvenes Propagandistas, bajo la acción del insigne periodista entonces, no menos insigne Prelado español ahora, don Ángel Herrera y Oria.

La Sociología, entendida –aun entre los afines de entonces– como “teoría de la sociedad” –«Teoría social pre-sociológica», dice Perpiná Rodríguez–, no cuajada ni aún clara en sus propósitos entre los ajenos (y por eso los flagelaba terriblemente), tenía en Vázquez de Mella un insigne conocedor. El periodista, un maestro admirable y terrible. La Iglesia y la Patria, un hijo fidelísimo e incansable. Los humildes, una firme voz de justicia y de amor. Las llamadas “clases altas”, un tremendo acusador.

¡En cuánta parte nuestra doctrina social y política de hoy, esta España renacida, es suya! O mejor: es doctrina perenne de la catolicidad, de la Hispanidad, de las que él fue intérprete insigne.

 

7. El segundo hecho social que la Historia juzgará –y yo creo que como hecho cumbre, por su valor intrínseco y por las consecuencias que ha de producir y ya está produciendo, habiendo sido la prensa ahora portavoz magnífico–, ha sido en 1961 la publicación de la carta encíclica de S.S. Juan XXIII, Mater et Magistra.

Inexcusable parece que en la Escuela quede constancia solemne por el hecho mismo, que no por el relator, de la publicación de este extraordinario documento que, al igual que la Divini illius Magistri y la Quadragesimo Anno, va dirigido no solo a los venerables Arzobispos y clero, sino también a todos los fieles de la Santa Iglesia. Demostración evidente de su carácter social y de su interés universal.

Juan XXIII

En las clases de “Doctrina social de la Iglesia” seguramente se estudiará con extensión. Pero es indispensable que esta tarde dejemos siquiera nota de su publicación, de su gran valor sociológico y de nuestra gratitud el Sumo Pontífice Juan XXIII por una y otra cosa.

Ya sé que la encíclica no es deliberadamente un tratado de Sociología. Pero todos las grandes encíclicas sociales –la Rerum novarum, la Divini Redemptoris, la Quadragesimo o los Discursos y Mensajes de Pío XII–, contienen valiosísima, abundante y segura doctrina, y materiales de trabajo inestimables al sociólogo, aun en el concepto actual de la sociología positiva en cualesquiera de sus corrientes, americana, europea, española.

Por su origen, de la más alta autoridad, pues procede del representante de Cristo, al mismo tiempo Jefe de una impar institución social, la Iglesia, tiene ya valor singular.

Se ocupa de materias y con modos más marcadamente interesantes al sociólogo que las anteriores, que no solo dirigen a la humanidad hacia su destino eterno, sino que la encaminan hacia un mejor bienestar temporal. Que no en balde el Cristianismo y la Iglesia son hechos sociales de trascendencia impar. No temáis, que tampoco aquí me entrego –aunque he de hacer gran esfuerzo para ello– en sus antecedentes, ni en su estudio siquiera; no tengo tiempo, ni saber para ello.

Solo quiero dejar constancia de ese trascendental hecho social que ha sido dado para orientar divinamente a los hombres en su vida social, en sus relaciones interhumanas, micro y macrosociológicas. Destacarlo como uno de los más grandes insignes monumentos para el conocimiento de la “realidad social” más allá del campo de las relaciones de trabajo y de la defensa de las clases humildes –de que expresamente se ocupaba la Rerum [novarum]–; más allá de los problemas a resolver con sentido de “justicia social” y con “la concordia entre los órdenes”; de la fijación de los derechos y deberes del Estado, de la Iglesia, de los grupos e instituciones sociales que destacaba la Quadragesimo [anno]. Más allá de los no menos graves problemas de indispensable consideración para el sociólogo también, sobre los que magistralmente llamó la atención Pío XII en sus admirables Discursos, que ya apuntó en su primera carta encíclica, Summi Pontificatus.

Sí, solo insistir, para destacarlo ante nuestros alumnos, en el extraordinario contenido sociológico de la Mater et Magistra. La Rerum tuvo resonancia universal; fue una explosión de amor a los humildes y una dura llamada a los poderosos y una fijación jerarquizada de los auténticos “valores”. La Quadragesimo perfeccionó y amplió aquellas luces y llamó con campanadas solemnes, magistrales, al cuidado de la Justicia Social, por las clases, por los Estados. Mostró los bienes de la “concordia de los órdenes” y señaló la subsistencia de los peligros de la antigua doctrina socialista. Pío XII en sus mensajes y discursos reiteró, amplió y abrió nuevos caminos con su genio incomparable sobre las rutas señaladas por sus antecesores.

La Mater et Magistra no sólo urge el cumplimiento de aquellos llamamientos al estudio, a la acción; sino que voltea de nuevo para llamar la atención sobre aquellos viejos problemas y sobre los nuevos que se ofrecen en la esfera amplia de la vida de los pueblos, ad intra y ad extra. En sí mismos y entre ellos.

 

8. Insisto en que no temáis, hemos entrado en el último terceto; pero es fuerza insistir, por su extraordinario valor sociológico, el rigor científico de su contenido y la autoridad social de su autor, en algunas de las cuestiones de la encíclica, voz de la Iglesia, Mater et Magistra[22].

No sería poco repasar el cuadro admirable de hechos sociales que ya fueron destacados por sus antecesores, como hace en su primera parte, sino que es forzoso resaltar su contenido nuevo: el hombre y su familia, el hombre y su trabajo, el hombre y su libertad; el valor de la persona y su dignidad una, universal; la misión del Estado con el respeto debido a esa persona y los deberes de la persona en relación con el bien común. La vigencia del principio de subsidiariedad que ya destacó la Quadragesimo. El fenómeno de la socialización bien entendido y de las condiciones que pide frente a la dignidad del hombre y de su libertad.

En la segunda parte, el respeto de las relaciones sociales actuales y las que pide con urgencia la puesta en práctica de una vez de una real y plena justicia social –sin motes– para los que no pueden escapar de ese trascendental hecho social del salariado; o del no menos trascendental de la propiedad, siempre bajo el imperio del bien común, en el orden interpersonal, en la vida de la empresa y de las instituciones económico-sociales, en el amplio campo de la vida intranacional o internacional.

En su tercera parte, estimarán sus firmes y nuevas orientaciones –«nuevos aspectos de la cuestión social», ya universal también– de modo especial respecto del deprimido sector agrícola –he aquí la oportunidad de nuestra Mutualidad Nacional agraria–, del éxodo en el campo; de la necesidad de créditos, de seguros, de justicia en esa política agraria; de los sistemas generales de los “propios” seguros, con normas no inferiores a las de la industria; de las cuestiones que plantea la necesaria redistribución de bienes, no solo en un orden intranacional, sino expresamente en un orden internacional y respecto de las comunidades políticamente subdesarrolladas; de los sistemas institucionales para conseguir la tan reiteradamente pedida Justicia social; con respecto a las leyes de la vida y de la dignidad de la persona humana, exigiendo la necesaria y justa colaboración de los Estados y comunidades humanas en un régimen mundial, colaborando con Dios y con la ayuda –que no con la dictadura– de la técnica, de la ciencia y de las finanzas, mediante órganos e instituciones sociales, entre las clases en las naciones o mundiales, con la mirada puesta no solo en esas viejas clases periclitadas, sino en las comunidades subdesarrolladas para elevar su nivel y hacerlas copartícipes de los bienes de la Creación, mirando a su incremento demográfico, a su desarrollo económico y a su elevación social, moral, religiosa, mediante sistemas de colaboración entre ellas. Pero contando con Dios y bajo su mirada paterna.

En fin, su admirable cuarta parte para mostrar a los hombres todos, los caminos de la «reconstrucción de las relaciones sociales de convivencia» –¿hay algo más marcadamente sociológico?– «en verdad, en la justicia, en el amor». Para señalar el declive de algunas ideologías, carentes de su técnica base científica, y la perenne actualidad de la doctrina social de la Iglesia, como la superioridad de los perseguidos por Dios: nada se edifica firmemente sin Dios.

En fin, el ardoroso y paterno llamamiento a los seglares, para que contribuyan a ver justamente –sin ilusiones desviadoras– la realidad social; a juzgar rectamente sin prejuicios de escuela; a obrar en consecuencia, pasando de la historia y educación a la acción, teniendo la profesión como servicio, por la estima debida y el respeto indispensable a la real “jerarquía de valores”. Sin ideologías peligrosas de la técnica, del progreso científico, del trabajo mismo, de las cosas –sin dialéctica de motes–; sin ilusiones que omitan la esperanza.

 

9. No es la Encíclica, de propósito, un trabajo de sociología. Tampoco el Evangelio es un Código social, recordamos con Garriguet a Giordani[23]. Pero fundado en él, y como él, destaca «hechos sociales numerosos y terribles», y no se detiene en la mera exposición –lo que ya sería extraordinario–, sino que impele, manda y orienta, para que juzguemos y actuemos guardando las Leyes que Dios impuso a las cosas y al hombre, respetando su libertad –que el propio Creador respeta–, y la vida humana –necesariamente social– camine más derecha hacia su auténtico bien, perfección y destino.

Madre y Maestra, la Iglesia Católica y su cabeza, el Vicario de Cristo, han dado al mundo, con este admirable Papa octogenario amigo de Valencia, cuya mano hemos besado con estremecimiento[24], con esta magna Carta a los humildes y a los pueblos, un incomparable monumento para los sociólogos.

Perdón otra vez. Acabó el soneto. Muchas gracias y… ¡a la labor!»

 

 


* [Texto inédito. Aunque sin fecha en el original, se trata, a tenor de su contenido, de una intervención de octubre de 1961]

[1] Para el sentido específico de la expresión, vid., en especial, el discurso del 3 de marzo de 1906, sobre la Ley de Jurisdicciones, en VÁZQUEZ DE MELLA, J., Obras Completas.– Vol. IX: Discursos Parlamentarios (IV), Junta del Homenaje a Mella, Barcelona-Madrid 1932, pp. 140 y ss.

[2] Se trata de Ángel Carrasco López –de ahí la afectuosa apelación que sigue–, director de la Escuela de Periodismo de la Iglesia de Valencia desde su fundación en 1959 (Vid. B.O.A.V., 1960, p. 923), hasta la implantación de la titulación oficial en sede universitaria, con el consiguiente cierre de la escuela diocesana. Conquense de nacimiento, desarrolló toda su actividad profesional en Valencia como funcionario técnico del Ministerio de Información y Turismo y redactor de Radio Popular. Murió a los 67 años de edad, en 1986. Vid. GORDON, M., La enseñanza del Periodismo en el mundo occidental. Estudio histórico y comparado de tres escuelas (tesis doct. inéd., Facultad de Ciencias de la Información, Universidad Complutense, Madrid 1991): «siendo ya Ángel Herrera obispo de Málaga, redacta a título de anteproyecto un artículo “Algunas ideas sobre la futura Escuela de Periodismo de la Iglesia”, bajo cuya inspiración se abre en 1959 la Escuela de Periodismo de la Acción Católica de Valencia, con el padrinazgo del arzobispo monseñor Marcelino Olaechea. El director fue Ángel Carrasco López, periodista de radio», p. 78; SERRANO OCEJA, J. F., “La Escuela de Periodismo de El Debate y la Escuela de Periodismo de la Iglesia. Breve semblanza”, en VARA MARTÍN, J. (ed.), Ángel Herrera Oria y los propagandista en la educación, CEU Ediciones, Madrid 2009, p. 135. Cuando en 1960 se cree alrededor de Herrera la de Madrid, la de Valencia se ajustará a ella en métodos y plan de estudios

[3] José Mª Haro, recordaba M. Cortés Roig, «[c]reó la revista Possumus de los HH. de A.C. de Valencia, que empezó siendo una circular y acabó como publicación mensual de mucho alcance, con números extraordinarios de gran altura por las fechas de San José, patrono de la Rama», Carta a Alfredo López, Valencia 22 de enero de 1966 (Archivo Diocesano de Valencia [=ADV], Fondo J. Mª Haro Salvador, leg. 001, c. 6).

[4] Dio cuenta él mismo del desarrollo de aquella V Asamblea Nacional en dos colaboraciones en Las Provincias: “Desde Granada. La V Asamblea Nacional de Estudiantes Católicos” (4 noviembre 1926), p. 7, y “La V Asamblea Nacional de Estudiantes Católicos. A su terminación” (10 noviembre 1926), p. 3.

[5] Vid. CATAVELLA, J., La Escuela de Periodismo de El Debate, CEU Ediciones, Madrid 2017; IBID., Historia gráfica de la Editorial Católica. Un siglo de El Debate, CEU Ediciones, Madrid 2011; LEGORBURU, J. Mª & SERRANO OCEJA, J. F. (eds.), Ángel Herrera Oria, periodista, CEU Ediciones, Madrid 2009. Para el contexto general de todo el capítulo, CHECA GODOY, A., Prensa y partidos políticos durante la II República, Universidad de Salamanca (Acta Salmanticensia, 55), Salamanca 1989.

[6] Antonio Justo Elmida había nacido en Valencia en 1885. Seminarista del Real Colegio Seminario de Corpus Christi, se ordenó en 1908, siendo destinado inmediatamente como coadjutor a la parroquia de Santa Catalina de Alcira, y más tarde a la de S. Pedro en la capital. Gran amigo de la familia, estuvo muy presente en muchos de los grandes momentos de la vida de José Mª Haro, tanto personales como apostólicos, antes y después de la guerra civil. Fue director, en efecto, del C. M. del entonces beato Juan de Ribera (Burjassot), y Consiliario de la F.R.E.C. desde su constitución (1921). Gracias a él, además, en 1926, establecieron relaciones Haro y María Luisa Sabater (1908-1984), que cuatro años más tarde se convertiría en su esposa. D. Antonio Justo fue también quien ofició esta boda. Murió en 1960.

[7] Es continuación del fundado por el P. Vicent en 1905, del que entró a formar parte con un gran compromiso un jovencísimo Lucia, recién terminado el bachiller en las aulas del colegio de los jesuitas; vid.  LULL MARTÍ, E., Jesuitas y pedagogía: el Colegio San José en la Valencia de los años veinte, UPCO, Madrid 1997, pp. 64-65. Lucia sería, además, el primer secretario del Centro local de la A.C.N. de P. en Valencia, de la que es considerado fundador. Con relación a su figura, sin duda, COMES, V., En el filo de la navaja. Biografía política de Luis Lucia Lucia (1888-1943), Biblioteca Nueva, Madrid 2002.

[8] De San Vicente Ferrer, creada en 1907 a partir del Círculo Obrero precedente. «Partía del supuesto –explica E. Lull– de que la sindicación profesional era el único fundamento para todo movimiento económico-social serio; surgió, por tanto, con un carácter sindicalista y obrerista. Creó una Universidad Popular Católica, para la difusión de la cultura entre los obreros; una biblioteca circulante, unas escuelas profesionales de aprendizaje y un periódico, El Pueblo Obrero», LULL MARTÍ, E., Jesuitas y pedagogía, op. cit., p. 64. Más detenidamente, RUÍZ RODRIGO, C., Catolicismo Social y Educación: la formación del proletariado en Valencia (1891-1917), Facultad de Teología San Vicente Ferrer, Valencia 1982, p. 211 y ss.

[9] Escritor y tipógrafo en La Voz Valenciana y Diario de Valencia, José Mª Esteve (1889-1936) fue fundador y director de algunas publicaciones literarias y folclóricas en lengua valenciana –Foc i Flama, Rondalles Noves, Pensat i fet–, presidente de la Casa de los Obreros y de la Confederación de los Obreros Católicos de Levante, y consejero de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad. Concejal y diputado provincial por la DRV de L. Lucia, fue asesinado en los primeros momentos de la guerra civil, sin procesamiento previo alguno. Vid. MARTÍNEZ RODA, F., Valencia y las Valencias: su historia contemporánea (1800-1975), Fund. Univ. CEU San Pablo, Valencia 1998, p. 222.

[10] Fue invitado para ello por el propio Herrera, acabados ya sus estudios de Derecho en Valencia (1928), en orden a preparar también sus oposiciones a Judicatura, a las que se presentaría rápidamente, con obtención de plaza en el partido judicial de Orcera (Jaén), por asignación del 26 de marzo de 1930. Cfr. Gaceta de Madrid, núm. 86 (27 marzo 1930), p. 1931.

[11] Era preceptivo, en efecto, que antes de la asignación de destino, tuviesen los aspirantes un periodo de prácticas, lo que hizo José María Haro, como aquí indica, regresando a Valencia, junto al juez de primera instancia en el distrito del Mercado Juan Espinosa Gozalbo. Poco esperó luego a tomar posesión de su plaza tras la asignación de destino, apenas nueve días. De la suerte del juez Espinosa durante el tiempo de guerra, con funciones judiciales en Barcelona, ha dado noticia VÁZQUEZ OSUNA, F., La rebel.lió de “sus señorías”. L’administració de justícia a Catalunya (1931-1945). La magistratura i el ministeri fiscal, tesis doct. (dir. Antoni Segura Mas), Barcelona 2003, p. 200 y ss.

[12] Vid. LLOVERA, J. M., Tratado elemental de Sociología Cristiana (Barcelona, 1909), con varias ediciones posteriores; AZPIAZU, J., Fundamentos de sociología económica cristiana, Compañía bibliográfica cristiana, Madrid 1949; STEVEN, P., Moral Social, Fax, Madrid 1955 (y ss.); FERNÁNDEZ RIQUELME, S., “Joaquín Azpiazu y la Sociología cristiana. Nota biográfica e intelectual”, La Razón Histórica, nº6, 2009, pp. 42-49. Para el enclave del magisterio social pontificio y la parte especial de la teología moral en los inicios del proceso institucionalizador de la sociología académica en España, vid., a título de ejemplo, CASTÓN BOYER, P., “El catolicismo social y la Sociología”, en DEL CAMPO, S., Historia de la sociología española, Ariel, Barcelona 2001, pp. 229-250; REYES, R. (dir.), Las ciencias sociales en España. Historia inmediata, crítica y perspectivas. Vol. 1.- Sociología, Ed. Complutense, Madrid 1992.

[13] A Perpiñá hay que acudir necesariamente al rastrear las fuentes epistemológicas, históricas y sistemáticas seguidas por Haro en esta materia, así como las nociones y métodos fundamentales de los que suele hacer uso. Sobre todo: PERPIÑÁ RODRÍGUEZ, A., Teoría de la realidad social. Los problemas de hombre y de la vida humana (I-II), Instituto Balmes de Sociología – C.S.I.C., Madrid 1949/1950; su extenso manual de Sociología General, Inst. Balmes de Sociología – C.S.I.C., Madrid 1956 (1960, 2ª ed.); Métodos y criterios de la Sociología Contemporánea, Instit. Balmes de Sociología – C.S.I.C., Madrid 1958; Introducción a la teoría sociológica. Metasociología, Inst. Balmes de Sociología – C.S.I.C., Madrid 1984. Para las líneas fundamentales de su obra sociológica y político-social, vid. VALDERRAMA ABENZA, J. C., “Un clásico ignorado de la Sociología en España: Antonio Perpiñá Rodríguez (1910-1984)”, en PERPIÑÁ RODRÍGUEZ, A., La época de lo social y otros escritos sobre Política y Seguridad Social, Isabor, Murcia 2016; IBID., “Perpiñá Rodríguez, A. (1910-1984)”, en PELÁEZ, M. J. (dir.), Diccionario Crítico de Juristas Españoles, Portugueses y Latinoamericanos (Vol. III, T. 4º), Zaragoza-Málaga 2012, pp. 439-440 (nº 2.916).

[14] Se trata de los tres principios definidos por Cardijn para la “revisión de vida” en la J.O.C. –voir-juger-agir–, luego generalizados a modo de orientación metodológica en el marco de las explicaciones sobre la doctrina social de la Iglesia.

[15] Se celebró en Madrid en febrero de 1959. Su trabajo en la preparación de aquel primer Congreso Nacional de la Familia Española, le valió a José Mª Haro, junto a otros, la concesión de la Encomienda Sencilla de la Orden Imperial del Yugo y las Flechas, por decreto del 18 de julio de 1959, B.O.E., núm. 171 (18 julio 1959), p. 9900.

[16] Sobre ésta y otras iniciativas surgidas del celo de Herrera Oria en esos mismos años, SÁNCHEZ JIMÉNEZ, J., El Cardenal Herrera Oria: Pensamiento y acción social, Encuentro, Madrid 1986, passim; MONTERO, F., La Iglesia: de la colaboración a la disidencia (1956-1975), Encuentro, Madrid 2011, p. 91 ss.

[17] Figura egregia del tradicionalismo español, había nacido en Valencia en 1815, donde cursó Derecho. Diputado en Cortes en 1858, 1863 y 1865, tras la revolución de 1868 arribó a la causa carlista, a la que dotó de sus principales bases doctrinales, con asiento en Balmes y Donoso Cortés. Murió como senador en Madrid, en 1872, dejando una amplia obra tanto teórico-política como literaria y periodística. Breve semblanza, aunque con alguna inexactitud, de Emilio LECUONA en Diccionario Crítico de Juristas españoles, portugueses y latinoamericanos, Vol. I (A-L), Zaragoza – Barcelona 2005, pp. 103-104. Inexcusable al respecto, ELÍAS DE TEJADA, F., “El pensamiento político de Aparisi y Guijarro”, Revista de la Facultad de Derecho de Madrid, nº 15 (1948), pp. 19-44; IBID. (et al.), Aparisi y Guijarro: las claves de la tradición política española, Montejurra, Sevilla 1973; VILLACORTA, J. L., La derrota intelectual del carlismo: Aparisi y Guijarro frente al siglo, Desclèe de Brower, Bilbao 1991.

[18] Entre la bibliografía más reciente, SEVILLA BENITO, F., Sociedad y regionalismo en Vázquez de Mella (la sistematización doctrinal del carlismo), Edit. Actas, Madrid 2009; o la síntesis de F. LLERGO BAY en su tesis doctoral (inédita), Juan Vázquez de Mella y Fanjul. La renovación del tradicionalismo español, Pamplona 2016, bajo la dirección de M. AYUSO, quien, por su parte, ya había bosquejado años antes los nervios fundamentales de su doctrina en “El pensamiento de Vázquez de Mella (su actualidad, sesenta años después)”, Verbo, vol. XXVII, nº 263-264, 1988, pp. 363-368. La bibliografía es, en cualquier caso, cada vez más abundante.

[19] Se refiere a lo escrito por N. A. BERDIÁYEV en Una Nueva Edad Media (1924): «[l]a socialización transformada en religión es el incuestionable desenlace del Renacimiento, el agotamiento de esta individualidad humana que se había sublevado en la época del Renacimiento. El individualismo extremo y el socialismo extremo son dos formas de este desenlace. Y, tanto en el uno como en el otro, la personalidad del hombre se encuentra comprometida y la identidad humana se entenebrece. El humanismo abstracto, separado de los fundamentos divinos de la vida, de la concreción espiritual, conduce necesariamente a la destrucción del hombre y de su identidad», Una Nueva Edad Media, Carlos Lohlé Eds., Buenos Aires 1979, pp. 27-28.

[20] Sobre todo, “Filosofía del regionalismo, crítica del centralismo y el constitucionalismo. Separación y armonía entre la soberanía social y la soberanía política”, Obras completas. Vol. X: Discursos parlamentarios (V), Junta del Homenaje, Barcelona-Madrid 1932, p. 155 ss.

[21] Para ambos, “Síntesis de la sociología cristiana: Solo el espiritualismo católico salvará a la sociedad (discurso pronunciado en el Teatro del Centro, 24 de abril de 1920)”, en Obras completas. Vol. XXII: Filosofía, Teología, Apologética (IV), Junta del Homenaje, Barcelona-Madrid 1934, p. 311 ss.

[22] JUAN XXIII, Litt. enc. Mater et magistra [de recentioribus rerum socialium processibus ad christiana praecepta componendis] (15 mayo 1961), AAS 53 (1961), pp. 401-464: I.– Enseñanzas de la enc. Rerum novarum y su desarrollo posterior en el magisterio de Pío XI y Pío XII; II.– Puntualización y desarrollo de las enseñanzas sociales de los Pontífices anteriores; III.– Nuevos aspectos de la cuestión social: existencias de justicia en las relaciones entre los sectores productivos; IV.– Recomposición de las relaciones de convivencia en la verdad, en la justicia y en el amor: implicaciones pastorales.

[23] Vid., entre otros, GARRIGUET, L., El valor social del Evangelio (trad. Angel Avilés), Saturnino Calleja, Madrid 1910 (?); GIORDANI, I., El mensaje social de Jesús (trad. L. Horno), Rialp, Madrid 1961 (1935).

[24] Con ocasión, en concreto, de la canonización de S. Juan de Ribera, celebrada en Roma el 12 de junio de 1960, y para la cual fue Haro, por designación del arzobispo Olaechea, Secretario de la Junta Nacional Ejecutiva encargada de su organización. Alguna nota al respecto podrá encontrarse en VALDERRAMA ABENZA, J. C. (ed.), José Mª Haro Salvador, un hombre de nuestro tiempo. Testimonios y homenajes públicos, CEU Ediciones, Madrid 2018 (en prensa).

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