El siervo de Dios

En la escuela de S. Marcelino

In Biografía, Cheste, Devoción Mariana, Espíritu de trabajo, Familia, Infancia, Valencia on 04/30/2017 at 19:43

Pocos días antes de la Navidad de 1916, el 22 de diciembre —viernes— llegaban los Haro a Valencia desde Cheste. Aquella era la segunda vez que se instalaban temporalmente en la capital. La primera había sido entre 1904 y 1908, casi nada más nacer José María, aprovechando la ocasión que se le abría a Francisco, el cabeza de familia, de mejorar su situación económica regentando un sencillo despacho de vinos en la Plaza de Mosén Sorell. Pero no había solo una motivación económica para el traslado; serviría también para poner un poco de tierra de por medio después de que la alegría por el nacimiento del pequeño José María se viera enturbiada a los dos meses por la muerte prematura, con apenas dos años de edad, del primogénito del matrimonio, Paco. Más tarde nacería Enrique, ya en Valencia; pero por entonces la familia se reducía a tres, como en un nuevo comienzo.

En aquella primera ocasión, la familia residió en un pequeño piso de la calle Guillén de Castro, frente a la esquina con Maldonado, entre las Torres de Quart y el antiguo Hospital General, hoy desaparecido. No sabemos si fue esa también su casa en esta segunda época, entre 1917 y 1919. Pero sería muy probablemente por la misma zona, a unos quince minutos a pie de la antigua Plaza Mirasol, donde se hallaba su nuevo Colegio, y muy cerca también de la calle de la Corona y Mosen Sorell, donde estaba el negocio familiar, que retomaba Francisco de manos de su cuñado, a quien lo había cedido a su regreso a Cheste en 1908.

Torres de Quart 1915

Desde luego no eran aquellas las mejores fechas para que José María reiniciara sus estudios. La Navidad estaba a la vuelta de la esquina. Había pasado además tanto tiempo desde el inicio del curso —todo un trimestre—, que el chico tendría que acreditar sus conocimientos mediante la realización de un examen previo, aunque esto, como era de esperar, no le iba a suponer problema alguno. Así que allá fue el nuevo alumno, el lunes 15 de enero, a aquella vieja sede de los HH. Maristas, «con una blusa limpia y unas alpargatas», atuendo habitual entre los escolares de Cheste que el nuevo Colegio sin embargo no aceptó: tendría que volver a casa, comprarse una chaqueta, botas nuevas y regresar… Así podría estrenar también, con un poco de mejor suerte, aquella nueva etapa.

No fue largo el tiempo de estudiante de José María Haro en el Colegio del Sagrado Corazón. Solo año y medio más tarde le vemos incorporarse en Burjassot al joven Colegio Mayor del entonces beato Juan de Ribera para dar inicio a sus estudios de Magisterio y, después, Derecho. Entre uno y otro, pues, muy poco tiempo: ni dos cursos completos. Sin embargo, constituye éste un capítulo de enorme importancia en su biografía, que habría de dejar profunda huella en su personalidad y actividades futuras. Por tres motivos, fundamentalmente. Primero, porque fue por formar parte de este Colegio y merecer el apoyo entusiasta de sus responsables y maestros que pudo iniciar sus estudios superiores como becario de aquel Colegio Mayor, en el que residiría nada menos que diez años y al que permanecería vinculado de por vida. Segundo, por la tupida red de relaciones que en tan poco tiempo tejió con profesores y compañeros, que en muchos casos se prolongaron hasta su muerte. Y en tercer lugar, por el profundo apego al carisma espiritual e ideal pedagógico que dejó en su alma aquella convivencia, aunque no fuese muy dilatada, con la comunidad de San Marcelino Champagnat (1789-1840).

Su implicación en la marcha del Colegio fue después completa y constante. Presidente de su Asociación de Antiguos Alumnos desde los cuarenta hasta 1957, fundó también, presidió y redactó los estatutos de su Asociación de Padres, que lideró nada más cesar en aquella con auténtico entusiasmo[1]. Inmensa fue además Escudo Congregación Maristasu alegría por la beatificación en Roma del P. Champagnat, el 29 de mayo de 1955, en la que participó con la misma emoción –y no era poca– con que volvería a Roma poco después como uno de los grandes protagonistas en la canonización de quien, junto a S. Marcelino en su dimensión mariana[2], sería su otro gran maestro espiritual, en este caso eucarístico: el santo patriarca Juan de Ribera (12 de junio de 1960). Eran los dos pulmones con que respiraba Haro, uno marista y el otro patriarcal: mariano el primero, tierno y celoso de obras, y eucarístico el segundo, de recia oración y disciplina[3].

Los Maristas correspondieron a sus muchos servicios con su afiliación como seglar al Instituto, lo que le llenó de un indescriptible orgullo; y no solo a él, que lo recibía conmovido, sino también a la comunidad a la que mediante esa admisión honorífica pasaba en cierto modo a incorporarse, «como un marista de chaqueta», como lo llamó un día el H. David Sebastián[4].

***

La presencia de los maristas en Valencia se extendía desde finales del siglo XIX[5], cuando tres Hermanos —Floriberto, Remigio y Marcy— pusieron sus pies en la ciudad con la misión de tomar entre sus manos el proyecto nacido años atrás del celo de un modesto carpintero de Mislata, padre de seis hijos, de fe tan profunda como operativa, de nombre Gregorio Gea (1832-1886).

Hombre de una honda preocupación social, Gea había sido uno de los iniciadores en Valencia de las Conferencias de San Vicente de Paúl que tan espectacular desarrollo experimentó por toda Europa desde su fundación por Federico de Ozanam en 1835. Con ese mismo espíritu creó en 1861 la escuela obrera de la Hermandad del Santísimo Sacramento; el Colegio de San Francisco para seminaristas sin recursos (1864) y la Escuela Nocturna de Doctrina Cristiana (1866) para la formación de la juventud. A todas estas obras siguió, como su fruto y corona, el Patronato de la Juventud Obrera (1883), que a imitación de otros promovidos en plena efervescencia del catolicismo social en Francia, Bélgica o Alemania, venía a ser la expresión más cumplida de su celo por la formación de jóvenes sin recursos, que tantas veces se convertían en tierra fértil para el cultivo de ideales revolucionarios, prejuicios anticlericales y conductas poco ejemplares. Cada domingo, bajo la dirección espiritual del jesuita Antonio Vicent —otro de esos grandes nombres del catolicismo social de la España de fines del XIX—, allí se congregaban entre cuatrocientos y quinientos muchachos en actividades deportivas y de ocio, prácticas piadosas y charlas de formación cristiana.

Todo había comenzado de forma mucho más modesta, en su propia casa, con once chicos rescatados casi literalmente de las calles. A los quince días eran ya más de 150. Obviamente la casa ya no bastaba y hubo de buscarse otro lugar, próximo al río, donde la iniciativa se fue consolidando y recabando apoyos con un éxito sorprendente. Entre ellos contaba Gea con la ayuda material de la Real Sociedad Económica de Amigos del País (R.S.E.A.P.) y la estrecha colaboración de algunos entusiastas —Tomás Terranegra, Antonio Espinós— y prohombres de la intelectualidad y política valenciana del momento, como Antonio Rodríguez de Cepeda o su hijo, Rafael, ambos miembros de la misma Sociedad y presidentes sucesivos, al morir el fundador (1886), del Patronato. De hecho, a ella fue a la que se recurrió en el primer momento en busca de un local para el desarrollo de las actividades de esta obra. El 14 de mayo de 1884, quince días antes de la aprobación de sus estatutos por el arzobispo Antolín Monescillo (1877-1892), la Sociedad emitió favorablemente un dictamen firmado junto a un tercer integrante por los Rodríguez de Cepeda, como representantes de la comisión encargada de estudiar internamente el asunto y dar una respuesta. Se instaba en él a auxiliar la iniciativa no solo en un sentido moral, animándolo muy sinceramente, sino también económico en tanto fuese posible. Y puesto que una «de las más perentorias necesidades a que hay que atender es la de obtener un local […], en donde puedan reunirse estos muchachos para recibir la instrucción que se les da y para permanecer durante toda la tarde entregados también a juegos corporales», la comisión sugería a la Sociedad «como primera manifestación» de su apoyo a esta obra mediar ante el Ayuntamiento para la cesión de «un edificio con un huerto, el llamado de San Pablo en la calle de Cuarte extramuros, que reúne todas las condiciones para este objeto»[6], que es a donde se trasladarán, en las inmediaciones del río, en el barrio entonces limítrofe de la Pechina.

No obstante el éxito, tras la muerte de Gea el proyecto fue experimentando un lamentable declive, del que solo conseguiría recobrarse años después, iniciado el nuevo siglo, bajo la fecunda dirección del P. Narciso Basté SJ, mártir por odio a la fe en la persecución religiosa de 1936[7].

Convencido el P. Vicent, como director del Patronato, de que sólo la cesión a una congregación religiosa podría impedir la ruina de tan benemérita obra, comenzó a tantear algunas de las más florecientes en aquel momento a las que hacer llegar su propuesta. No fue tarea fácil. Incluso llegó a considerar fundar él mismo una congregación que sirviera a este fin, incluida la asistencia a los jóvenes y adultos de los Círculos Católicos de Obreros de los que había sido fundador, bajo el patronazgo de San Francisco Javier[8].

De entre las opciones que se barajaron, solo el carisma fundacional del Instituto Marista parecía ajustarse a las necesidades de la obra. Se les hizo llegar así el ofrecimiento, que ellos aceptaron en las siguientes condiciones. El Patronato les cedería su local de la Pechina para la labor formativa y recreativa dominical, otro amueblado en el centro, en régimen de alquiler por tres años, para clases y residencia de la Comunidad (el palacio del Barón de Ruaya y Cortes, en el número 2 del Portal de la Valldigna) y una concesión económica de 7.000 pesetas en concepto de prima de fundación. Esto permitiría a los Hermanos abrir una escuela profesional —Colegio Políglota Mercantil— que hiciera de contrapeso a la ya existente Escuela de Artes y Oficios, de cierto perfil laicista. A cambio, asumirían la labor dominical y el régimen de clases nocturno de forma gratuita, garantizándose su mantenimiento con la admisión de alumnos de pago en régimen ordinario durante el día.

El primer curso, iniciado el 15 de septiembre de 1897, tuvo un éxito relativo: solo tres alumnos de cuota para casi 700 becados en los cursos de artes y oficios vespertinos. Poco después, sin embargo, en marzo de 1898, los primeros eran ya 104, y 1.450 los de tarde.

El curso siguiente todavía fue mejor. El local se había quedado pequeño para tantos alumnos como cursaban los estudios de tarde en edades que oscilaban entre los 8 y 40 años: hasta 1.600 alumnos distribuidos en secciones de lo más diverso, de música instrumental y vocal, dibujo técnico, diseño, pintura, escultura, etc. Menos eran, obviamente, los de pago, pero también aumentaban: si 46 comenzaron el curso, 200 llegaron a ser al iniciarse el segundo trimestre.

Mientras tanto, en domingos y días de fiesta, más de 600 muchachos seguían participando con regularidad de las actividades recreativas y de formación cristiana en la Pechina. Más de cien niños celebraron su primera Comunión de la mano de los Hermanos en ese primer curso en Valencia, con una preparación catequética extraordinaria y grandes muestras de piedad.

No obstante los frutos de estos tres primeros años, por algún motivo las relaciones entre la Comunidad y la dirección del Patronato, pese a ser cordiales, no llegaron a cuajar del todo. Había respeto mutuo, sí, pero no el entendimiento necesario para la continuidad de la obra. Era mejor admitirlo y buscar, cada uno, hacer el mejor bien posible por caminos separados. Además, en junio de 1900, llegado el momento de la renovación de la cesión del Palacio de Ruaya, se les imponían a los Hermanos nuevas condiciones que se veían incapaces de aceptar, por lo que decidieron trasladarse a un nuevo local en la calle Roteros, perteneciente al marqués de Villores, donde nació, con la experiencia acumulada en ese tiempo y a ejemplo de otros abiertos ya en España, el Colegio del Sagrado Corazón. Ahí siguieron un par de años, hasta marzo de 1902, cuando el aumento de alumnos obligó a un nuevo traslado al cercano Palacio de Pineda, en la histórica Plaza del Carmen.

En esta nueva sede permanecieron los Maristas hasta septiembre de 1915, un periodo en que continuaron recogiendo extraordinarios frutos apostólicos y ganándose un prestigio cada vez mayor entre las familias valencianas. Y no solo entre las más pudientes, pues aunque la gratuidad de la enseñanza no era absoluta —no podía serlo—, se pedía a las familias que aportasen lo que les fuese posible según su situación, lo que abría significativamente su acción educativa a clases más modestas. También intentaron para el curso de 1906 abrir su oferta a alumnos sin recursos en régimen de internado —opción que también los Haro habían tanteado antes de su traslado—, pero pronto comprobaron que era demasiado esfuerzo para una comunidad pequeña y joven como por entonces todavía era la suya, frustrándose muy pronto aquel proyecto. En todo caso, a la enseñanza primaria y comercial con que empezaron, se fueron sumando en años sucesivos los seis cursos reglamentarios de secundaria —ubicados en una nueva sede en la Calle Játiva, nº 26—, y una escuela de educación infantil en el paseo de la Alameda desde 1903.

El inicio del curso 1915-16 coincidió con la unificación de los estudios repartidos entre las sedes de Játiva y Plaza del Carmen —primaria, Comercio y secundaria—, reunidos, por fin, en un único local mucho más amplio en el número 5 de la antigua Plaza de Mirasol. Este fue el Colegio que conoció José María Haro cuando tras la Navidad de 1916, recién llegado del pueblo, dio inicio a sus estudios en la clase del H. Luis Gonzaga. Dirigía entonces el Centro el H. Bruno, con quien el nuevo alumno mantendría  un trato constante lleno de afecto mutuo, y que fue testigo directo de la mayor parte de los grandes acontecimientos que jalonaron a partir de ese preciso instante la vida de José María Haro.

***

Pronto empezaron allí a notarse las dotes intelectuales y capacidad de trabajo del nuevo alumno entre sus profesores y compañeros de curso; pero también su carácter, generoso y afable, de colaboración con todos. Cada sábado era costumbre entregar el boletín de calificaciones de la semana para información de los padres: Sobresaliente, Notable, Bueno, Aprobado, Suspenso… La primera semana, según recuerdo del propio José María, tuvo como calificación Notable y Aprobado en conducta y aplicación respectivamente. Luego, en la segunda, Sobresaliente y Notable, para llegar en la tercera a Sobresaliente en todo, nota que ya no abandonaría en adelante.

     «Aunque ingresado después de principiado el curso —recordaba el H. Bruno—, […] no tardó en ponerse al nivel de sus condiscípulos logrando a las pocas semanas ocupar los primeros puestos de la clase, en el nombramiento de notas que regularmente y con solemnidad académica se celebraba cada ocho días. No transcurrió el 1er trimestre de su asistencia a las aulas que ya ocupó el 1er puesto de orden de mérito para no dejarlo [en lo] sucesivo, sin que por eso depusiera en lo más mínimo su sencillez de trato con todos sus compañeros»[9].

Esta posición en el cuadro de honor de su clase le hizo indiscutible líder del “Campo Cartaginés” en las luchas quincenales que los Maristas, echando mano de una práctica originalmente jesuita, solían organizar como estrategia lúdica para reforzar los conocimientos adquiridos en los chicos e inculcarles un sano espíritu competitivo y de superación. El ejercicio consistía en una suerte de confrontación dialéctica entre todos los integrantes de cada clase, distribuidos a partes iguales en dos ejércitos: uno el de los Romanos y el otro, el de Cartago, que debían enfrentarse mediante la formulación de preguntas preparadas concienzudamente a propósito de alguna asignatura en particular, «casi siempre —según el recuerdo de Haro— de Geografía, Francés o Aritmética»[10]. Puestos de pie, espalda en pared junto a sus pupitres, el primero de cada bando lanzaba su pregunta al primero del contrincante —su émulo—, que si acertaba permanecía en su puesto, pero que si fallaba, y lo hacía hasta en dos ocasiones… ¡muerto!: debía abandonarlo y retirarse. Al final, eran proclamados vencedores los equipos de mayor puntuación, cuya posición debían defender con todo su ingenio en las batallas siguientes.

Desde su elección, José María Haro no perdió ni el campo ni su Jefatura, lo que recordaba en sus años juveniles con evidente orgullo:

     «En las luchas entre campos era en el mío el temible defensor y por último vencedor. Todos los primeros más grandes tiros se dirigían hacia mí, el […] Jefe. Pero lejos de vencernos, lo que hacían era darnos victorias y 5 puntos por cada una […]. Siguiendo la misma política nosotros matábamos primero al Jefe Romano y los demás eran fáciles ya.

     Solamente en dos luchas recuerdo fuera vencido. En la 1ª tenía una derrota, me hice una pregunta (Geografía) y no me contestó el émulo, y al responder lo hice mal y dos derrotas: ¡muerto! La otra fue en francés que por error del hermano me preguntaron algo no estudiado, y llorando de rabia me retiré.

     Pero en cambio varias veces me había quedado solo en mi [c]ampo, contra 5 o seis enemigos. Todos mis soldados habían [caí]do bajo el peso de las preguntas, pero no por esto me arredraron […] batía primero al Jefe y Subjefe que eran los temibles y dif[ícil]es y salía vencedor fácilmente en medio de los aplausos de amigos y enemigos y las felicitaciones del Hermano. Hubo vez de obtener 25 victorias contra ninguna o los más una derrota, pues a dos se retiraban de la lucha»[11].

Junto al rigor en el estudio, también la intensa vida de piedad en que destacaba la educación marista quedó impregnada para siempre en la personalidad del muchacho. Los meses de la Virgen, mayo y octubre, se celebraban por todo lo alto, con rosarios en la capilla y canto de la Salve. No faltaba la Misa, sus «visitas a Jesús Sacramentado en la capilla del Colegio» —lo que seguiría haciendo siempre, ya adulto, cada vez que entraba para una conferencia, una reunión, un acto del magisterio[12]…—, «o en las cercanas iglesias de San Andrés [hoy San Juan de la Cruz] y del Corpus Christi […] y su filial homenaje a la Virgen de los Desamparados en su regio Santuario»[13], que fue, como hoy sigue siendo para todo el pueblo valenciano, el epicentro de su piedad. Allí quedaban cada mañana para ir juntos al colegio José María, Francisco Giner y Vicente Durá Velasco, grandes amigos los tres, y serios contrincantes en esas peculiares guerras púnicas de los Maristas: en la Plaza de la Virgen, tal y como se conoce en Valencia el auténtico corazón de la ciudad, de donde recibe como un torrente todo su empuje la fe religiosa inequívocamente mariana de este pueblo, y donde se yergue, señorial y solemne, la basílica de Nuestra Señora, Madre de Dios y de los Desamparados, de cuyo interior cada mañana, cuando Giner llegaba, veía salir a José María –Pepe, como le llamaban sus amigos–, tras saludar a la Virgen[14].

Basílica y Catedral (actual).jpg

Aun cuando en atención a sus especiales condiciones económicas el Colegio asumió parte de los costes de su educación, de los restantes debían hacerse cargo sus padres. Esto suponía para ellos un esfuerzo notable; algo de lo que José María Haro era plenamente consciente, y que buscó aligerar cooperando en lo posible con ellos con su propio esfuerzo. Lo haría cada tarde, al volver a casa, después de la merienda, armado de un canastillo bien cargado de refrescos, limonadas y gaseosas, cacahuetes, altramuces, chufas, caramelos… que salía a vender con su hermano por los cines de la zona, sobre todo el que se conocía como Cine de la Corona —luego Turia— en una de las esquinas de Mosén Sorell[15]. Y así seguían ambos hasta bien entrada la noche, cuando de regreso a casa daban a sus padres las ganancias de la venta. Momento éste en que José María debía cumplir con la palabra dada: después de una frugal cena, ponerse a estudiar y terminar como era debido sus tareas.

Este plan de vida se prolongó durante un cierto tiempo, día tras día, entre enero y abril de ese primer año. A las 6:00 h de la mañana, aproximadamente, levantarse y, después de ayudar a sus padres en la limpieza y organización de la tienda antes de su apertura, preparar ligeramente los temas de las asignaturas de cada mañana, generalmente cuatro. Ya en el colegio, a las 7:30 h todos los días, Misa, tras la cual bajaban los niños al patio con lo que llevaran de almuerzo[16]. A las 8:30 h daban comienzo las clases con las primeras oraciones de todos los alumnos alineados, en pie, junto al pupitre, hasta las 11:45 h, en que había un descanso. Era el momento entonces de ir a casa, comer, preparar las lecciones de la tarde (cuatro asignaturas más) y volver al Colegio para retomar las clases nuevamente a las 14:00 h. Y ahí seguía hasta las 17:00 h, cuando volvían todos a sus casas. Salvo que hubiese vela ante el Santísimo, en cuyo caso se prolongaba su estancia hasta las 18:00 más o menos de la tarde, momento en que por fin regresaba a casa, merendaba y daba inicio a esa otra tarea extraexcolar —cestillo en brazo— con su hermano Enrique por los cines del barrio.

Las consecuencias de semejante ritmo en un chico de entre doce y trece años eran previsibles. A finales de abril cayó enfermo con señales evidentes de agotamiento y fuertes fiebres. Durante los primeros días la situación revistió de bastante gravedad, como recordaba él mismo en sus Apuntes juveniles:

     «Fue el 24 de abril de 1917 cuando enfermé. Cogiéronme tan fuertes las tifoideas que en pocos días llegué a 41º […] y a que el médico renunciase ya a visitarme. Pero mi madre no desconfió y encomendándose a la Santísima Virgen fuese a buscar a D. Fernando Fornos, que le habían recomendado en el hospital, pero como no le llevasen coche a las 6 de la mañana, no quiso visitarme. ¡Cómo lo he de agradecer!

     Pero vino otro cuyo nombre siento no recordar [Dr. Balanzá] para agradecérselo toda mi vida. Me dio dos inyecciones en el vientre y recetó. En adelante, dentro de la gravedad todo fue bien. Llegaron a darme 10 y 12 baños diarios y además me ponían en la cabeza hielo; en el pecho y vientre paños mojados en agua de hielo y en los pies, botellas de agua caliente. Pero aún así estuve más de 25 días en cama y 24 sin comer apenas nada. Por fin el 2 de junio pude levantarme y marchar a Cheste para fortalecerme. Tristes fueron para mí los primeros días pues todos me preguntaban si […] no me había muerto […]. Pero en fin; todo pasó y quedé perfectamente bien»[17].

Recuperarse le obligó a pasar el verano en Cheste, hasta el mes de octubre, en que retomó con verdadera ilusión un nuevo curso. Eso sí, no en Bachillerato –lo que era indispensable para acceder a estudios superiores luego–, sino en Comercio, ya que sus circunstancias parecían aconsejar abrirse a un futuro laboral próximo sin la mediación de unos por entonces bastante improbables para él estudios universitarios. La verdad es que pocos alumnos de procedencia rural podían encontrarse en las aulas de la Universidad de Valencia de aquellos años, como en las de cualquier otra. No es que nos los hubiera. En efecto, los había; pero no abundaban. A las altas tasas de analfabetización del momento, que entre la población rural alcanzaba sus cotas más altas, había que sumarle la baja valoración de los estudios superiores entre las gentes del campo como factor de movilidad social, la falta de recursos de buena parte de esas familias y las dificultades derivadas de la necesidad del traslado de alguno de los hijos a la ciudad, su mantenimiento, los gastos de sus estudios: matrícula, tasas académicas, libros, material de trabajo…[18]

No obstante, estaba clara la inclinación y dotes del muchacho para el estudio. Cerrar esa vía tan inmediatamente, derivándole hacia oficios administrativos, era una pena para algunos de sus maestros, que mientras él iniciaba los estudios en Comercio, comenzaron a buscar alguna otra alternativa para su futuro.

[JCV]

NOTAS


[1] Esto a pesar, por cierto, de que su cese respondía al deseo de algunos de sus miembros de ganar mayores cuotas de libertad sin el influjo  que ejercía Haro en todas sus obras a causa de su personalidad y capacidad de trabajo verdaderamente arrolladoras. Cfr. Testimonio del H. Javier Rafael [i. s. Ignacio Garmendia Querejeta] (Santa María de Bellpuig de las Avellanas, 28.01.1967).

[2] «Del colegio llevó siempre la gran devoción a la Virgen», Testimonio del H. David Sebastián García (Valencia, 27.03.1967).

[3] José María Haro, recordaba el H. Javier Rafael, se sintió siempre tan ligado al Colegio «que nunca negaba su colaboración en cualquier actividad que él pudiera desenvolver, y eran muchas. Hablaba siempre como quien debía favores al Colegio, pero, sin dejar de corresponderle, se traslucía que se entregaba a las tareas directivas y apostólicas de la Asociación impulsado por una finalidad eminentemente cristiana, orientadora y con el afán de ayudar a los compañeros necesitados de aliento espiritual y hasta a veces de amparo material», decl. cit.

[4] H. David Sebastián García, decl. cit. También el H. Luis Gonzaga recordaba que «en efecto, José María Haro siempre distinguió con especial afecto a los HH. Maristas. Nos constaba su amplia simpatía por nuestra Congregación religiosa, y de ello nos dio mil pruebas en variadísimas circunstancias. Por su casa hemos desfilado no pocos HH. Maristas, y para todos tuvo siempre una amabilidad y trato excepcionales. Por eso, todo lo concerniente a José María lo consideramos y miramos como algo muy cerquita de nosotros», Testimonio del H. Luis Gonzaga (Roma, 14.04.1967). Con ocasión de su afiliación al Instituto, y en respuesta a una carta suya de agradecimiento, el Superior General, H. Leónida Garrigue, le escribió una afectuosa carta desde la Casa Madre de Saint-Genis-Laval en los siguientes términos: «V[iva].J[esús].M[aría y].J[osé]. / El 16 de diciembre de 1957 / Muy Estimado Don José María; / No tenía Vd. porque [sic] agradecer el que le hayamos otorgado el Diploma de Afiliación al Instituto Marista. / Con gusto he dado mi voto en favor de ello y con mayor gusto, si cabe, he firmado el pergamino correspondiente. / Es Vd. antiguo alumno que nos honra por sus virtudes cristianas y cívicas. Es el caballero abnegado siempre al servicio de las causas nobles. Cuantas veces los Hermanos han acudido a su talento y abnegación y otras tantas se ha desvivido Vd. para serles útil. / Nunca le pagaremos con los humanos recursos lo que le debemos y por ello nos ha parecido como lo más indicado el hacerle partícipe de nuestras oraciones y sacrificios. / Quiera Dios Nuestro Señor, María Santísima y el Beato Marcelino Champagnat conceder a Vd., a su digna Esposa y a sus hijos abundantes bendiciones en 1958 y en los largos años que les deseo, quedo afmo. s.s. / Hno. Leónida [Garrigue] / Sup. Gral. [rubricado]».

[5] El recorrido histórico completo de la presencia de los HH. Maristas en Valencia desde 1897 hasta 1921, quedó recogido con todo detalle en “Le Collège du Sacré-Cœur á Valencia”, Bulletin de l’Institut, Vol. IX, nº 60 (1922), págs. 22-31, que aquí seguimos en lo fundamental. De forma complementaria, “25 ans à Valencia”, Idem, Vol. IX, nº 61 (1922), págs. 143-146; “Inauguration du nouveau Collège de Valence”, Idem, Vol. XXI, nº 154 (1954), págs. 144-152; Vol. XXV, nº 186 (1962), págs. 95-107. Un perfil del H. Floriberto, tras su muerte en 1916, en vol. VI, nº 44 (1916), pp. 283-308.

[6]Institución de D. Gregorio Gea sobre moralización y entretener los domingos por las tardes a los niños vaga[b]undos”, Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia, Expte. nº 14 (14 de mayo de 1884), RSEAPV, Caja 232, Leg. III, Sign. 02.

[7] Se da cumplida información de la situación del Patronato en tiempos del P. Basté, en la crónica del P. Juan Sallaberry al P. Antonino Oráa, el 21 de marzo de 1910, en Cartas edificantes de la Asistencia de España. Año 1910, Tipogr. El Castellano, Burgos 1911, pp. 9-14. Sobre Basté se ha detenido en los últimos años Carlos MARTÍNEZ HERRER: “La pedagogía de la religión en el Padre Basté S.J.”, Edetania: estudios y propuestas socio-educativas, nº 35, 2008, pp. 215-220; “Una experiencia de acceso a la cultura en la clase obrera: la Congregación Mariana del Patronato de la Juventud Obrera de Valencia a principios del siglo XX”, en BERRUEZO, Mª R. & CONEJERO LÓPEZ, S. (coord.), El largo camino hacia una educación inclusiva: la educación especial y social del siglo XIX a nuestros días (XV Coloquio de Historia de la Educación), Vol. 2, 2009, pp. 507-514; “La Educación en la ciudad de Valencia en la 2ª década del siglo XX. Especial atención al Patronato de la juventud obrera de Valencia”, Anales de la Real Academia de Cultura Valenciana, nº 90, 2015.

[8] Él mismo se lo explicaba al Asistente provincial de la Compañía, poniéndole al día de algunas de esas dificultades, en carta de agosto de 1893: «El santo fundador del Patronato –decía–, pobre carpintero D. Gregorio Gea, suspiraba continuamente para que una congregación religiosa se encargara de la dirección y enseñanza de tanto niño pobre de Valencia, y de las escuelas de los adultos del C[írculo]. C[atólico]. de Valencia. Como desde 1885 me hallo de director del Patronato de Valencia y veo que, como anda, no puede durar tan santa institución, a mis ruegos hace ya cuatro años [1889] salió para Barcelona, para ver si los salesianos convenían para el Patronato, D. Fernando Núñez Robles [que] vio que la Congregación de los Salesianos con sus talleres no respondían a nuestra institución. Pasó a París para ver la situación del Patronato de S. Vicente de Paúl y le sucedió lo mismo. De aquí que en toda la junta se ha suscitado la idea de la fundación de una congregación de PP. y HH. de San Francisco Xavier, que tengan por especial objeto la enseñanza gratuita durante las clases nocturnas de los socios pobres de los Círculos católicos y de los niños de los Patronatos», Carta al P. Juan José de la Torre, Veruela 10.8.1893, en A.R.S.I., Litt. Gen. Arag. 2-II, nº 33 (cit. REVUELTA, M., La Compañía de Jesús en la España contemporánea. T. III, Sal terrae, 1984, pág. 842).

[9] Testimonio del H. Bruno, Sta. María de Bellpuig de las Avellanas (Balaguer) 1.01.1967. Lo que corrobora también el H. Luis Gonzaga: «Desde su ingreso se distinguió el nuevo alumno por la aplicación a sus deberes escolares y por su excelente comportamiento con sus camaradas de curso. Las lecciones bien sabidas, las tareas escolares impecablemente hechas y bien presentadas y su actitud en clase, en constante colaboración con el profesor. En una palabra, vivía su vida escolar y contribuía, con su aporte, a la buena marcha de su grupo escolar», decl. cit.

[10] Apuntes juveniles.

[11] Ibid.

[12] «Cuando llegaba al Colegio para cualquier reunión o visita no se olvidaba de hacer una estación ante el Santísimo. Su conversación era tan cristiana, tan saturada de fe y de espíritu sobrenatural que más de una vez, nos confundía a los religiosos y nos servía de ejemplo», H. Javier Rafael, decl. cit.

[13] Testimonio del H. Bruno, decl. cit.

[14] «[…] recuerdo, además de su afán en estudiar, la gran piedad que manifestaba en la capilla y su acendrado recogimiento. Luego, a la salida, íbamos jugando por las calles con dirección a la Pl. Serranos, quedando de acuerdo a la mañana siguiente en vernos a determinada hora en la Pl. la Virgen, para ir juntos y jugando, al colegio. Pepe siempre salía de la Virgen cuando mi hermano y yo llegábamos», Carta de Francisco Giner Tudón a M. Cortés Roig, Madrid 20.01.1967.

[15] Declaración oral de Enrique Haro Salvador, s.f.

[16] «En casa me daban para esto 20 cts. pero como yo necesitaba comprar alguna cosa, los guardaba, con el fin de no pedir mucho en casa», Apuntes juveniles.

[17] Apuntes juveniles. Lo confirman sus declaraciones a la Comisión de la República para la depuración política de la Judicatura en julio de 1937: «Y aún cuando en él se me daba trato de favor, originaba sin embargo gastos superiores a nuestras posibilidades. Ello me obligaba a ayudar en mi casa cada día, luego de las clases, hasta las 11 y las 12 de la noche, para ganar así lo necesario a subvenir aquéllos gastos. Semejante esfuerzo, a los 12 años, me originó una gravísima enfermedad, que me obligó a dejarlo todo, recuperado en el curso siguiente el tiempo perdido y aun consiguiendo el número uno de la clase». También aludieron a estos hechos los Hermanos maristas Bruno —aunque con algunos errores a causa del tiempo transcurrido y su avanzada edad en el momento en que ofreció testimonio (1967)— y Luis Gonzaga, su tutor, quien recordaba: «El curso, al parecer, lo llevaba muy bien y en plan normalísimo. Pero un día, José María no fue a clase, y el siguiente, tampoco. Averiguado el caso mediante una visita a sus padres, todo quedó aclarado. [/] El buen alumno estaba en cama con señales evidentes de agotamiento físico. Nada extrañó el caso. José María llevaba una vida muy dura, al privarse del descanso necesario y del esparcimiento natural [a todo] adolescente de su edad. El buen hijo no quería ser gravoso a sus padres, antes bien, los quería ayudar a solventar las dificultades económica[s] familiares, y para eso, se buscó un suplemento de trabajo extracolegial que dio al traste con su salud, en un momento de su vida, en que el crecimiento y la incansable actividad causan tanto desgaste de energías».

[18] Cfr. PERALES BIRLANGA, G., El estudiante liberal: sociología y vida de la comunidad escolar universitaria de Valencia (1875-1939), Univ. Carlos III & Dykinson, Madrid 2009, p. 76, 97.

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